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Talavera de la Reina, Toledo, Spain

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23 agosto 2026

LA NOCHE

 




    Son las 9:30 de la noche y llueve a mares. Nos rodea una tormenta gigante y cercana, el agua ahuyenta los vapores del calor que el cemento lleva acumulados durante meses, a la par que despierta los aromas de la tierra sedienta. Pero sólo es una tormenta puntual que va de peregrinación hacia el norte.

Mañana es posible que sea un día de sol y vuelva otra noche de calor, como una de tantas, y podré recorrer las calles dormidas del pueblo. Oiré el ladrido lejano de un perro de majada, angustiado por el peso del silencio, o tal vez por el ruido de la hierba que crece bajo sus pies. Arriba se mostrará el cielo sereno y estoico, pleno de estrellas sin puntas que no son otra cosa que guardianes de la noche. Pienso en Ovidio, en su Ars Amatoria, cantando a la noche y a las horas que hacen aún más hermosas a las mujeres. También en algún lugar se oirán los pasos quedos de los que van a amar o los pasos largos de los que vienen de amar; los del vagabundo son pasos piadosos que acompañan en su cuerpo la calma y en el alma una cencellada de esperanza, y que se echa a la calle en busca de caridad o de amor, porque el amor es como la noche, que a todos roza con su suave exhalación.

Me place pensar de noche mientras camino a ningún sitio. Amo la noche, me entrego a ella. Ando por Casas Viejas, donde la tierra se abre en abanico. Me detengo y escucho, todo se mueve, pero no oigo el siseo de las hojas, ni oigo a los pájaros que mudan de sitio, ni el chistar del balanceo de las cebadas cercanas, ni el toque del vientecillo que me briza, pero oigo. ¿Qué estoy oyendo si no se oye nada? Oigo el silencio, que me llega musical. ¿Y quién toca cuando yo oigo el silencio?

Mañana estarán todos los caminos abiertos al sol y por ellos andará afanado el mundo entero. El día será de todos, pero su noche es mía. Nada soy en el espacio, ni siquiera una mota de polvo estelar, pero esta noche, de tan feliz ventura mía, están cruzando el cielo por encima de mí todos los planetas del universo y me parece que pasan saludándome.

Si tuviera poder para detener el movimiento de los planetas, ¿a la Tierra la dejaría de día o de noche?

Noche, ¿por qué me inquietas tanto?

  

 


20 junio 2026

MESÓN DEL ALMA





Para conocer este sitio hay que salir del centro de Talavera y moverse por la periferia, aunque sin salirse mucho. Regentado por un joven audaz, de nombre Ángel, cocinero de mucho peso, de pelo rizado y con reflejos de espiga rubia, que siempre se muestra serio, cálido y despreocupado. El Mesón del Alma es un refugio que sólo exige saber estar dentro, saber que ahí están penalizadas las incorrecciones.

En el extremo de la barra hay una pata de jamón, que la pezuña apunta a la boca del cliente a modo de micrófono. Y una máquina tragaperras. Y dos baños pequeños, pero limpios como jaspe. Y no más de diez mesas de madera burda que visten mantel de tela polipropileno del color del vino. Y pan crujiente, y pinchos humeantes, y vinos de las muchas regiones de España. Hubo veces con noches de flamenco en las que el sol salía al encuentro de los rumberos.

En sitios como este se entra solo y con reloj y se sale con amigos y sin hora, fabulando sobre las pasiones de la vida. Las mejores madrugadas casi nunca piden más. Ni tampoco necesitan más. En estos sitios suceden cosas, como que unas manos deletreen con los nudillos en la madera los compases de un fandango, o que dos amantes se amen con los ojos, o que dos enamorados de la misma mujer se jueguen el cuerpo a cuerpo con la mirada. La noche es lo que tiene, que todo lo hace posible.

Y cuando te vas notas cómo la madrugada va abriéndose sola allí donde el silencio duerme y la tragaperras descansa; donde ya no queda pan y el vino reposa.

Pero todo lo que allí ha sucedido es ancho, es grande, es mejor.

 

12 junio 2026

DANIEL, EL MONAGUILLO

 




El edificio más importante de Alamillo es la Iglesia, y es también el único que puede ofrecer atractivos al caminante. El más visitado, el Ayuntamiento. Y el más popular y  más nombrado, La Casa de la Blanca.

La Iglesia es sencilla, de cruz latina, como casi todas. Siglo XVII. Fue ermita y convertida en Iglesia por decreto de don Juan de Aguirre, bajo la advocación de la Purísima Concepción. Tiene un campanario sobre el eje de la nave, cuatro ventanas bajo arcos de medio punto, y cubierta de cuatro aguas. Destaca la sencillez de sus líneas y una techumbre de vigas de madera sobre grandes arcos de ladrillo al natural de obra vista, que antes estuvieron encalados. La Orden de Calatrava de mediados del siglo XVIII la describía como «una Iglesia de techumbre de madera fijada sobre arcos con tres altares, el mayor dedicado a la Purísima Concepción, San Antonio (actual Patrón de Alamillo) y Nuestra Señora del Buen Suceso a los lados».

Dos joyas de valor destacan: El Sacramento, y la Pila Bautismal del siglo XVIII, que ni Fidias la mejorarÍa.

Pero la pobre no tiene estilo definido. Sus inicios datan del siglo XVII como ermita, adonde peregrinaba la población dispersa por esos campos de Dios. Tras restauraciones queda en su estado actual, que más se orienta a una arquitectura religiosa rural andaluza, sencilla, con elementos tradicionales, que a un neoclásico tardío.

 A mí me gusta mi Iglesia. Pero cuando vuelvo al pueblo la encuentro cerrada, pues no hay un sacerdote con residencia en Alamillo, sino que atiende a otras más y a la nuestra le toca cuando le toca, a excepción del domingo, que es día fijo. Y  yo me hallo en un trance: o me espero al domingo o recurro a Daniel, el monaguillo servicial, que, menos ofrendar la comunión y la confesión, hace de cura, y es el asistente de las almas desvalidas. Un santo de hombre.

Titilan las llaves en sus manos, disfruta al oír el ruido metálico que desde su casa lo separan de la Iglesia, doscientos, trescientos metros; juega con ellas, las va haciendo sonar. Él vive solo y las cuida y las mira  en el silencio largo y delgado de las noches tristes alamilleras. Son su talismán, y saberse clavero de lo arcano y de lo insondable le da poder y gloria a su persona llana, obediente y afable.

—Daniel, ábreme la puerta de la Iglesia, quiero mirarle a los ojos de mi San Antonio y confesarle algunas cosas malas que he hecho últimamente.

—Mañana es domingo, me recuerda.

—No te me escurras; lo quiero sin barullo, sin la muchedumbre; lo quiero a solas. Te haré unas fotos  con tu bata blanca de sacristán.

Me hace caso. Llegamos, abre la puerta maciza y lenta, lo justo para que una persona entre de costado, y la cierra por dentro para que nadie nos importune.

Lo veo manejarse en el interior, se mueve de un lado a otro sin titubeos. Me va hablando. Aquí había antes un coro, ¿te acuerdas? Y un órgano, que lo tocaba César más mal que bien. Sí, me acuerdo, chirriaban los pedales y a veces se equivocaba de tecla y no rectificaba. César era quien decidía tirar de la cuerda para hacer sonar los toques de la campana. La campana habla y hay que decirle al pueblo lo que está pasando, nos decía. Yo nunca tuve la suerte, a mí nunca me dejó.

—Ahí tienes a tu San Antonio, dile lo que sea mientras yo me visto en la sacristía para las fotos.

Y mientras tanto, yo me inclino ante la imagen de San Antonio y le digo mis vergüenzas y lo poco que hago para que me tenga en cuenta, pues no soy nadie San Antonio bendito, pero aquí está tu pueblo esperando de ti que un día cualquiera, de un año cualquiera y de un siglo cualquiera, amanezca con un milagro o un asomo de tu poder tuyo para que levante cabeza y sus gentes vivan mejor.

Debo llevar tiempo arrodillado porque un carraspeo de garganta me saca del trance. Es Daniel, que de blanco inmaculado lo observo instalado en el altar, y como se impone la blancura del ropaje sobre lo oscuro de la Iglesia, Daniel toma la forma de presencia mágica o brujera, pero  misteriosa. Absorto ante mi Santo, me sorprende.

—Impones, Daniel, baja de ahí.

Todo lo hace él, complacido y sin titubeos. Su aportación a la Iglesia es total desde el momento que porta las llaves del portalón robusto y por dentro hace y deshace porque sabe, porque puede y porque quiere.

Me lleno de un silencio augusto, de frescor y de limpieza. No es raro que el silencio case con la majestad de las imágenes, sobre todo del Patrono, una talla que a mi entender parece excelente, y sin embargo nadie se ha ocupado de buscarle la autoría. La Iglesia tiene sus preferencias y sus prioridades, y la de Alamillo no está en su lista. Tampoco sabemos nada sobre la Pila Bautismal, una joya en piedra labrada a la que siempre le doy un repaso.

Allí al fondo, entronizada y esperándome, la Purísima. Reconozco que por entonces yo no era mariano, sólo llevaba en el corazón grabado  a cincel a mi Dios, que no sé dónde está, que a veces se me extravía y no lo encuentro, pero sé que me acompaña, porque lo identifico con el Dios del respeto, del amor, de la tolerancia y de la rectitud, entre otras muchas virtudes que en la vida se  entrecruzan. Dios y mi conciencia son una misma cosa: no me engañan jamás, pues si me tuerzo no me amparo en la ignorancia y si me enderezo no me aplaude. Sé discernir el Bien y el Mal, pues Él los esculpió en mi corazón y en mi conciencia el día que nací. Estas cosas son las que hablo con mi Santo para que interceda por mí para evitar pisotear andurriales donde las conveniencias sociales parecen estrujarnos.

Hay silencio y paz, resuenan las pisadas de aquí para allá de Daniel, la voz hace eco. Es un momento emocional en un tiempo impalpable. Cuántos silencios habrán sido ocupados por soledades que daban a un callejón sin salida, momentos en los que la soledad es tan grande que a esa soledad no le quedan enemigos. Cuántas oraciones  se habrán elevado desde estos bancos de gentes a las que la vida se les agotó antes que la biografía, gentes a las que le desapareció la familia, desaparecieron los amigos, desapareció un amor o varios amores, desapareció la manera de hacerse presente como cuando eran más jóvenes.

— Daniel, vámonos.

Hoy es tu día. Bendito seas, San Antonio, que de todos nosotros cuidas. 

 

 

31 mayo 2026

UNA PREGUNTA

 




Hoy he salido temprano al campo, y el campo, temprano de luces y flores, ha vuelo a renovar su aire y su aroma con el suspiro de la noche. Voy sin más equipaje que una máquina de fotos.

Me voy hacia el oeste por la cuesta Sabariega, un camino de tierra pedregosa, de altibajos, de desdentadas paredes de piedra suelta y de límites imprecisos entre el camino, la pared y el eriazo. Busco algo y no se qué: temas para mis pinceles, el hallazgo de un ave desconocida, el silencio de la mañana… No lo sé, por eso me pierdo entre las veredas, el pasto, la tierra recién arada, la fragancia de las yerbas que han despertado a la llamada del sol, siempre pendiente y cuidando de la naturaleza. Cambia el zorzal de encina y los gurriatos se estrenan en vuelo y canto. Y yo continuo la marcha sin saber adónde ir, sólo contemplando mi sombra que va delante y este mundo que me parece el más bello y mejor de todos. Y me doy cuenta que estoy andando por entre una raña extensa y alomada que se va perdiendo hacia el ocaso. Vuelvo y oriento mis pasos hacia una zona de olivares, un mar de espuma ceniza que gateando la sierra, la cubre.

Lleva mi cuerpo una larga caminata. A través de eriales, pastizales y sembrados, he traspuesto cerros buscando entre horizontes nuevos algo que me emocione, que a lo mejor no es nada.

Cansado tomo asiento bajo un olivo viejo y me recuesto en su tronco atormentado. Observo el cielo de un azul puro, liso e inmenso, y quisiera que Dios me visitara para explicarme cómo es ese mundo extraño en el que Él existe, lo maneja y lo ordena.

Tomo un puñado de esta tierra a la que quiero tanto, la empuño y se me escapa. Tomo otro puñado, la quiero retener e igualmente vuelve a su origen. Es arcilla seca y polvorienta, es polvo del mundo, es polvo cósmico. Yo soy una prolongación de esta tierra y ambos lo somos de un universo sin terminar, de un universo infinito al que le falta el fin.

Ahora que a la naturaleza le agradezco el descanso de mi andadura, de poner a mi alcance la hermosura de las cosas más simples, de pensar que todo tiene sentido en este universo, un universo que mi pobre cabeza no acierta a entender la finalidad de su existencia, ni cuál fue su principio ni cuál va a ser su final; de saber que formo parte de él como de mi mano un dedo; ahora que esta paseata me ha hecho elevar mi pensamiento y mirar al cielo sin ocultar cierto enojo, me llega y me sacude una pregunta:

Dios, cuando me siento abandonado y sin fuerzas, ayuno de salidas, ¿me estás castigando?

 

 

 

 

 


04 enero 2026

LA NAVIDAD SEGÚN PASAN LOS AÑOS

 

                                    Concierto de Navidad (Museo del Prado)

¿Pierde seducción la Navidad a medida que vamos cumpliendo años?

Si la Navidad está unida al encanto, a la ilusión, a la credulidad y a la inocencia de la infancia, creo que pierde el encanto una vez que envejecemos. La Navidad de mi infancia pertenecía a los sentidos, y no me cuesta mucho creer que era más un acontecimiento que un concepto o un significado. Mi Navidad de niño eran las sorpresas, la colaboración en los temas religiosos, los cantos callejeros, los nervios, todo bajo un control estudiado, en un tiempo en lo que todo estaba cuidadosamente medido y ordenado. Más pertenecía a un mandato que a un sentimiento.

Hoy no me gusta la Navidad, me parece cruel porque me recuerda lo que hemos perdido y porque nos devuelve todo lo que sí queríamos perder y no volver a ver: sentarnos ante viejos amigos, los que quedan, con los que sólo hablamos de fútbol y callamos lo que nos conviene; vuelta al pueblo del que salimos, ¿a qué?, sin padres ni familia; sentarte ante una madre sola que nos ruega que no acabemos como ella; que un pariente lejano te recuerde que todavía quedan unos olivos por los Cercones sin varear, y que habrá que ir a la residencia a llevarle unos turrones a nuestros amigos Jaime y Petronilo.

Dejamos de ser niños y la Navidad entra en un tiempo impreciso. Lo que fuera una experiencia sensorial, ahora se convierte en experiencia moral. Es posible que si antes complacía los sentidos ahora conmueve a la conciencia.

La Navidad del niño es mágica porque parece eterna. Y la de los adultos lo es porque nos recuerda que eternos no lo somos.  

 


22 diciembre 2025

CUENTO DE NAVIDAD

CUENTO DE NAVIDAD

Era un tipo raro. Caminaba bajo una lluvia tenaz empapado hasta las cejas y ni siquiera se preocupaba de guarecerse en un portal, o bajo un simple dintel, o buscar el refugio de una cornisa que lo resguardara. Pesaban sus ojos, y la gabardina más que él pero seguía impasible y como sobrado de tiempo, con la cabeza gacha y el  paso corto. Solitario, sin esperanza, pareciera que se conformara con llevarle la conversación a las toses de un moribundo. Su andar era ir a ningún sitio o así se deducía de su andar penoso.

De nombre Jesús, era casado y con hijos. No fue relumbrón en su trabajo, pero cumplió siempre. Tenía sus rarezas, que eran mal compartidas en casa. Si en alguna ocasión fue luminoso, su mujer se encargó de cambiar su gracia en sosería, de manera que cuando se le agitaba el corazón y se ilusionaba, este empuje era minuciosamente laminado por su esposa. Tuvo amigos que nunca se atrevió llevar a su casa porque no serían bien recibidos, los mismos que con ellos antes había repartido alegrías y esperanzas. Hoy se encontraba sin amigos, sin calor, sin palabras, sin ilusiones. Jesús se fue apagando, fue cediendo terreno para evitar tener que soportar tanta insistencia insultante. Cuando su mujer lo tuvo acorralado, comenzó en su declive a perder lo poco que de su humanidad le quedaba. Se abandonó en el vestir; cambió su forma de sentarse a la mesa, de exigir la temperatura del agua en la ducha, de abandonarse a la vida en definitiva. Tampoco le animaba el recuerdo de sus hijos que habían crecido viendo como su padre era ridiculizado y desmentido. Callaba y pagaba, que es lo único que puede hacer un hombre hoy si no quiere terminar de mala manera.

Nada tenía, nada era suyo, ya su mujer se encargaba de eso. Por eso se encontraba aquella noche bajo el aguacero, huido, cansado, derrotado, muerto en la Noche de Navidad. Y Jesús, metáfora y carne de quien dio la vida para salvarnos, y faltándole una María pura, buscó lo que en aquel momento más necesitaba: sólo un poco de ternura que le acariciara por última vez el alma. Entró en un garito y le pidió a la chica que no se desnudara, que no era necesario, que solamente quería oír palabras agradables para retener la ira y morir en paz en aquella noche de gloria en el Cielo y de paz en la Tierra.

No le cobró la Magdalena.


 

06 diciembre 2025

El OTOÑO, ESE VERDUGO DE LA MUERTE MÁS BELLA

 

Viene con la vendimia, con las hojas secas, con los bosques coloreados por Claudio de Lorena (Le Lorrain, “el lorenés”) que, si observamos su pintura, uno se lo imagina manchando el lienzo con rojos, sienas y amarillos, allí donde fue la verdura de las frondas. Y  se va con los fríos húmedos del invierno.

En otoño el sol se cubre con un carmín antes de trasponer a las espaldas del Burcio palpando las escarpaduras y el verde mate de los olivares. Y las neblinas matinales que se tienden sobre Alcudia, y que envuelven sus encinares, son celajes copiados por el acuarelista Turner.

A estas alturas de diciembre, ya se desnudaron los ejemplares de jardines y parques. Quedan sus hojas, que son como monedas doradas esparcidas por el viento.

El otoño nos vuelve más sensibles, más pensantes, más espirituales. Cuando la tarde cae, una mano fría parece posarse en nuestra espalda. El aire nos trae aromas nunca usados y hasta las fuentes conversan con voces diferentes. El otoño es el verdugo de la única muerte bella, pues tras embellecer a la Naturaleza, la desnuda y la ajusticia.

Como es habitual, una amiga de la casa nos traerá un canasto de membrillos. Yo los echo de menos, me los están reclamando Homero, Marco Polo, Rostand. Los dispongo con preferencia entre ellos, pues supongo que les gusta el aroma del membrillo. Lo digo porque la fragancia membrillera es el aroma de la madurez.

En otoño se sueña de otro modo, porque se sueñan memorias de días idos. Los días que van a venir se sueñan en abril.

 

 


04 diciembre 2025

EL OTOÑO Y EL VINO


 

Ahora que es otoño, una estación sabia y de buen consejo, de tiempo de racimos, de lagares, de perfumes mareantes y de jugos vivíficos, está bien, mejor muy bien, dejar reposar los caldos en las tinajas; que no hay ni mejor batalla ni mejores logros que los que nacen del tormento interno del mosto en los jaraíces.

Aquí, en la panza de la cuba, el vino duerme y sueña, se hace varón, pone alas a su fantasía y galopa como un Pegaso por un mundo distinto, sin que le sujeten los demonios que se han confabulado para atormentar al hombre de la calle.

Cuando pase su tiempo y despierte, descenderán de su mitología y procurará alegrar el corazón de los atribulados. Es un noble empeño por el que todos los años envejece y se renueva con los caldos de otoño. Pero, sin engolarse, el milagro del vino es un milagro carismático: todos confían en él y nadie ha crecido con él. Pero sigue apeteciendo su barbarie y su descanso.

 

16 noviembre 2025

LA LLUVIA

 





Llueve con insistencia. Varios días ya. Suelo levantarme temprano, abro la ventana para que entre la vida, y sigue la lluvia. A media mañana pasan los coches salpicando, la gente va rápida, huyendo de la mojadura y del viento, no vaya a ser que le vuelva el paraguas. También las nubes pasan con prisa, desde el sur, desde el oeste. El cielo parece una lámina donde se ven recogidos todos los grises del mundo conocido. Ni un rayo de sol velado. No hay tregua, la lluvia continúa, sigue pertinaz.

Paseo las calles, me detengo en los charcos someros donde la ciudad se refleja en ondas sutiles. Hay más vida aquí que en los espejos, donde las figuras se ven recortadas y definidas en su pureza; donde puedes seleccionar el encuadre; o fingir actitud, talante o perspectiva. Eliges lo que ves y lo que no. 

La lluvia mansa hace al paisaje bello, lo transforma, lo hace atractivo. Pero si alguien pisa el agua y mueve el detalle, o la maltrata un coche y la quiebra o rompe, y el mundo se vuelve oscilante, entendemos que la belleza es frágil y pasajera.

Llueve, cierro mi paraguas, hago fotos sin importarme la caladura.

La lluvia, la lluvia siempre. Bienvenida sea.

08 noviembre 2025

LA BUGANVILLA



En mi paseo diario me suscita interés la visión de la buganvilla, de esta buganvilla que he fotografiado, y que asoma a la calle a través de un enrejado. Tal vez sea ella quien guíe mis pasos y me obligue a caminar bajo su manto. Sé que hay un jardinero detrás que cuida el patio del cual nace. Así, cual si fuera la reencarnación del Padre Mundina, me explica  cómo hace para que la buganvilla adquiera ese color fucsia, fastuoso, que irradia en el mes de noviembre. Cada época tiene su lírica y nos marca el paso de una manera natural y suave.

Habemus tiempos de política agitada, de discursos encrespados y de sobresaltos diarios. Y en política, como en la tortura, hay momentos en que la piedad exige poner fin al sufrimiento. Yo me quedo con la buganvilla y su paz, la tranquilidad y la excitación de su color. Se sabe bella y rompe la monotonía del verde y del anaranjado vecino con su color grisáceo de noche temprana. Que por las prisas no se nos pasen los detalles, porque si algo nos enseña el tiempo es que la vida está en los detalles. Cada tarde —mi hora fija de paseo— esta buganvilla se me presenta como un destello de luz, de rosa vívido, o de un color entre canela y violeta.

Las margaritas duermen en primavera sobre la sangre de un manto de amapolas. Pero el otoño tiene sus flores favoritas y mimadas, y sus manías encontradas. La buganvilla que yo veo a diario, es una de sus favoritas.

 

  



 

09 septiembre 2025

EL VINO EN LA BIBLIA




La primera vez que se cita el vino en la Biblia es en el Génesis con el caso de Noé, indicándose al mismo tiempo los efectos de esta bebida, cuando se toma con exceso. 

 

El vino se tuvo por un don de Dios, y así Isaac desea para su hijo Jacob que Dios le dé trigo y vino en abundancia. Dice el Eclesiastés que «vino nuevo, amigo nuevo» y que hay que dejar que envejezca para beberlo con gusto. Era, pues, bebida de uso común entre los hebreos, utilizándose en las comidas cotidianas y comunes.

 

Los falsos profetas se hacían escuchar prometiendo un buen año de vino. El Eclesiastés reconoce que el vino, al que llama «sangre de la uva», tomado con templanza es una segunda vida. Isaías manifiesta que Dios prepara a todos los pueblos un festín de vino viejo. Melquisedec hizo traer pan y vino para ensalzar a Abrahán. Para Jeremías «el gozo y la alegría han desaparecido, pues Dios ha hecho secar el vino en las bodegas». El rey David expone que la tierra produce el vino que alegra el corazón. Y los Proverbios recomiendan dar vino al que tiene amargura del alma.

Y el mismo Dios mandó a Moisés que para la consagración de los sacerdotes ofreciera una libación de vino.

Aún así, hay religiones nacidas del Protestantismo que prohíben el vino.

03 abril 2025

ABRIL

 


 Estamos a primeros de abril  y ya se escurre en el calendario como miel en cuchara distraída. Abril, yo te siento como casi te sentía cuando era verdad que la vida se contaba por primaveras. Abril de mis primaveras antes, ahora abril de mis conmociones, de mis pálpitos. Hermoso eres, llegas y vienes siempre a lo tuyo, aparejando como que no quiere la cosa calorcillos y frescores, luces y claroscuros. El campo qué bien lo llevas, cosiendo donde ya esparcirte los verdes, aquí un jaramago para el amarillo, allí un lirio para el morado, una primeriza amapola para el rojo, y para la tierra áspera, escarpada y desapacible, haces aparecer una rosa sin bautizar o un añil para la abulaga. Y no te digo cuando te encargas de colgar las enredaderas, o de incendiar los rosales con tanta pasión como escondes. Donde quiera pones tu encanto, ahí están las lilas y las retamas,  los cardos, el pan y quesito, los alhelíes y las glicinias, alumbrando la tierra. Y a los olivos y las encinas, cómo los pones, cuando se peinan con tu brisa. Y para mansear el campo nadie lo hace mejor que tú, que se lo pregunten a las espigas de cebadas tempraneras o a la de los trigos con retraso.

Contigo no sé cuando te acuestas ni te despiertas, porque nadie como tú para igualar albas y atardeceres. Con tus lluvias y tus días largos todo el campo renace, crece y vibra. Es el despertar de la naturaleza.

Bienvenido seas, Abril gregoriano.

 

23 marzo 2025

COSAS NUESTRAS








 

Apenas despunta el sol y se despeña por el Burcio alumbrando otras latitudes, y hasta que cierra el día y ladran los perros al  miedo de la noche, a cualquier hora el bar Sandor's está abierto. Y detrás de la barra, Rebeca Mozo, rostro grato, pelo oscuro, frente ancha, palabra amable. A su mano el Sandor's seduce por sus vinos, por su clientela, por sus aperitivos, y porque no hay otro bar en Alamillo con un plasma que cuida a su gente, porque su gente quiere fútbol y toros.  Domina lo que sucede en la terraza que da a la Plazoleta, a la que nunca se le puso nombre propio. Ella sirve, observa, saluda y calla. De todo cuanto fue sólo quedan intactos el Sandor's y la iglesia. Es decir: su memoria y lo otro. Su memoria conserva las muchas veces que mudó de piel la vida del pueblo y su local, adaptado al pulso de los hechos. En las primeras horas del día el chorro de agua de la cafetera le quiebra la voz de cansancio, que no se nota porque procura confundirla con el  vapeo del géiser. Y cuando haga caja habrán transcurrido 16 horas, escuchando, callando, guardando secretos que oye a la feligresía en el hueco de unos orujos, de unas cervezas heladas, de unos riojas o de unos gintonic.

El apelativo Sandor's  se debe a Rebeca Mozo, a su padre Luis Mariano y a su tío Miguel Ángel. Ellos le pusieron nombre, y el bar es lo que quisieron que fuera, un punto de peregrinación y recogida de familias, amigos y compañeros. Duele pensar que algún día, cuando lleguemos al Sandor's, no sea lo que hoy es. 


02 enero 2025

NADIE ENSEÑA A ESCRIBIR


 

—Yo sé leer, pero no sé escribir —me confesó mi nieta, que anda en una edad perdida entre caminos futuros—.

—Pues yo no te puedo aconsejar porque tampoco sé, pero por mis años te podría orientar sobre cosas de la vida de las que podrías hablar, y escribirlas de la misma forma con la que hablas a tus amigas.

Empieza describiendo no lo que ves sino lo que sientes al verlo. Ahí, tu mundo, aunque joven, está lleno de palabras. El mío, además, también está lleno de vivencias, de motivos y de recuerdos, acumulados en el devenir del tiempo, que no te enseñan a escribir, pero sí a pensar. Y en este punto, uno siente que el corazón se encoge cuando observas por qué una mujer está sola y piensas a quién crees que espera cuando mira repetidamente al móvil. O con cuantas personas de buena ley te has cruzado hoy por el camino.

Tú aprenderás a escribir cuando vivas mucho y leas un poco. Ten en cuenta que en la fase feliz, en la fase oculta, en la fase que parece que no pasa nada, es cuando realmente está sucediendo todo. Y ahí permanecerá contigo hasta que no pueda seguir oculto y salga a la luz con fuerza, como cuando oprimes la pasta de dientes y salpica en el espejo.

Nadie puede enseñar a escribir a nadie. Si lo llevas dentro, saldrá. Eso sí, deberás tener fe, miedo, amor al mundo y a la vida cuando comiences. Aunque yo sé por tu pregunta inicial que ya estás escribiendo aunque no lo sepas.

Vive y aprenderás de todo. Eso es lo que importa.

 

23 octubre 2024

HAY QUE ESCRIBIR

 
¿Escribir de qué, a quién? De lo que sea, a quién sea. Escribir por escribir. Escribir sobre el sol cálido del otoño, ese sol firme como una sospecha, que modela detalles sin medias tintas: sombras y luces tupidas. Escribir de los otoños, ahora que alcanza uno de ellos su esplendor, y del aroma intenso y eterno que el azafrán impregna en los campos, y cuando llega a la casa y sale de los arcones o de los tabiques la hace más morada. Escribir sobre el día que se nos escapa sin saber en qué lo hemos despachado. Escribir sobre el tiempo detenido buscando no sabes qué, y sabiendo que lo retienes en ese instante. Escribir sobre la noche ciega que nos corta los caminos del pensamiento. Escribir sobre el pasado que aún se remueve en los adentros, y te inquieta si pregunta que el camino elegido fue tu mejor elección. Escribir sobre el invierno pasado y el que va a venir, que nos traerá con las corrientes de aire su legado de tiempo gélido. Escribir sobre los luceros que cabrillean en la noche en un cielo surcado por las grullas, de paso a dormideros más acogedores. Escribir sobre el aguilucho que desciende y baja hasta la carretera para apresar lebratos y cualquier resto que la noche haya liquidado. Escribir despacio, pausado, tanteando y quebrando  la memoria hasta que la noche termina y ya no  queda tiempo para más. Escribir sobre el primer amor y sus locuras de juventud, aquellas que duermen dulce en el corazón. Escribir del amor enajenado y turbador, que llega cuando tiene que llegar, capaz de abrir caminos imprudentes. Escribir sobre lo que lees de autores que nos sumerjan en sus historias de terror, de aventuras o de silencios, en la esperanza de que nunca se agote el interés. Escribir en otoño sobe el Burcio, la Milagra o el Pilarillo, con la distancia presente destacada en brillos, en la noche de Talavera. Escribir de día con lapiceros 4B en cuadernos nuevos, marcando el libro que se lee, con la persiana alzada hasta arriba dejando que la luz entre. Escribir alegatos que, como piedras, golpeen y despierten las conciencias en este tiempo de silencios cómplices.
Y escribir para que quede constancia del tiempo que he dedicado a escribir.

Escribir, sólo escribir.

11 agosto 2024

VERANO

 Pasó el predominio del jaramago. Pasó la trama en los olivos. Mandan los nardos, engordan las aceitunas, y lo que ayer fue un sembrado, hoy es rastrojo. La zarzamora de la carretera que lleva a la estación de ferrocarril deshace su flor en el vallado de piedra. La matalahúva pierde su cabeza de nieve. Comienzan a descarriarse las codornices en la raña.

El viento es seco; los caminos son polvo que sólo con la luz primera o la última brisa del atardecer los hace transitables. De no ser por la chicharra, el campo es mudo. Resiste lo duro: el olivo y la paja reseca. El verde desaparece, se defiende mal. Tanta tierra seca, sola y eterna, me angustia.

Revelan las aguas de las albercas de los huertos de Arsenio y del Rabadán, enfrente están, la misma luz tibia de la luna; la misma luz que reverberan las piedras que el sol calentó durante el día.

Así, en este mundo inhóspito se ha movido nuestra gente. Es verano y es el tiempo de la espiga hecha grano. Es el pan del año. Es ahora, deber ser ahora, el verano no da tregua. Duermen en los carros los de la «saca» hasta su destino, sin más guía que el conocimiento de las bestias, ya conocido por repetido. Se han asentado las parvas en las eras. Han crujido los trillos y saltado las gavillas. Este es un verano más, tórrido y abrumador, como siempre lo son.

Han dormitado los gañanes a la espera de la primera brisa, que les traerá la aventura de la aventada con el manejo de palas, horcas y bielgos. Y cuidando el montón de grano limpio, estos hombres duermen bajo las estrellas y junto al grano con el mismo polvo y sudor del día. Tierra regada con sudores, con cuidados, con maldiciones.

Somos deudores de un pasado, esclavo de la tierra y del clima exasperante.

¡Dios, tanto penar para tan poco beneficio!

 

 

 

22 abril 2024

ABRIL

 

Mes de las flores por excelencia. En este mes estallan las flores de los jardines, de los prados, de los parques; explosionan de luz y aromas, y se instalan en los pentagramas para crear la música que la belleza de sus colores ha inspirado. Es un mes para vivirlo y soñarlo como nos lo dijo en música Carlos Cano. Es un mes para hurtarlo y llevárselo consigo donde quiera que uno vaya.

Las flores que nos embelesan en estos días de abril abocetan un almanaque hedónico y musical, colmado de colores variados y exultantes. Por la ventana de este jardín onírico se nos presentan los vanidosos narcisos. Las petunias, que con sus múltiples colores nos señalan la Semana Santa a toque de corneta. Las gardenias, con Machín, flores de son para ofrecer un «te quiero» en momentos propicios. Las lilas, recuerdos de infancia porque simbolizan el amor auténtico. La altanería del tulipán, que nos recuerda que después del frío nos llega un tiempo a estrenar. Y jacintos y camelias, que si nos faltaran, sentiríamos la ausencia de la mejor compañía.

No nos olvidemos de las sencillas flores del campo, las que huella el pie, que arranca la azadilla o que arrolla el arado. Son los nazarenos, los jaramagos, los zapaticos del niño Jesús, el Pan y Quesito, las amapolas, el cantueso, la lavanda, el malvavisco…y las mil plantas desconocidas que llaman yerbas del campo y que reposan sobre el surco abierto, sobre lindazos y veras donde no llega hierro alguno. Son ellas las que convierten los pasos en caminos celestiales.

En el viento está la libertad. Y la belleza es un vuelo lento por donde el corazón transita por las cosas quietas sin moverse de ellas. Con este campo salvaje y multicolor somos pozos hondos a los que hay que asomarse para sacarles el todo en una loma, en el peñascal o en la vera de una zanja. Así se sacan los secretos al campo de abril, así repararemos en el color de la piedra, mil veces vista, en la forma de un árbol o en la luz de un camino. Después viene la noche con su negrura y el sonar del campo deja un eco, una llamada eterna a la belleza. Y todo se va para regresar de otra manera. Ni la curruca, ni la rana cantora, ni la madreselva, ni los brillos del cielo serán iguales. Pero Abril sí regresará a nuestras vidas.  Abril es un mes que enamora.

14 marzo 2024

EL CAMPO


Me gusta el campo, no lo puedo remediar. El problema es en que no está al alcance de todos. Yo, que vivo en una ciudad grande y dilata mirando hacia Madrid, me pregunto dónde está el campo. Y deduzco que el campo es lo que queda fuera de las ventanillas del coche cuando voy a 120 por la autovía; el campo es la distancia y lo que se observa entre el punto de partida y el de destino, carretera y poco más; el campo es, a lo mejor, el paisaje que va cambiando con la venida de las estaciones, cosa ésta si alguien se fija en detalles; el campo está allí donde se ven relucir millares de placas solares, aerogeneradores, ríos contaminados o acuíferos con sobredosis de nitratos. El campo, que no tiene puertas, carece de entradas, por lo que es imposible acceder a él bajo sanciones o peligros: vallados, alambradas, prohibido el paso, cotos de caza.

Y si no nos alejamos tanto y con amabilidad miramos a la periferia de las ciudades, esa zona vemos que está destinada a vertederos, naves industriales, postes de alta tensión, que son como telas de araña en tiempo de brumas.

En los pueblos sí hay campo: la tierra que queda más allá de las últimas casas. Pero en muchos pueblos ya no queda nadie, los visitas y te dicen los lugareños que los jabalíes esperan a la noche en la raya para bajar al pueblo, y que cada día baja una cuarta la raya del monte, así hasta que se lo coma todo. El campo, como en una guerra, está lleno de cicatrices.

Las políticas lo han dejado abandonado a su suerte. En esta Castilla y en la de más arriba, que son tierras de cruzar, nadie ha sabido qué hacer. El campo es un negocio con beneficios para los de siempre, pero nunca ha sido importante para quien lo trabaja.

Del campo me queda el recuerdo, un ayer imposible de olvidar. Lo conozco en su ternura y en su dureza, pues he andado sus caminos y han descansado mis ojos en su excelencia. Un campo donde las herrizas se coronaban de coscojas, la encina huérfana cantaba una historia, y de una mata que tiembla sale un sisón de vuelo lento. Era entonces cuando el campo hablaba: hasta aquí llegaba el arado, por allí comenzaba la realenga; mil años tiene esta encina, cientos estos olivos. ¡Cuánta esperanza sobre unas lindes!

A veces leo a Delibes y lo veo caminar por un campo limpio y sano, lleno de hermosura. Y vuelvo a ser joven.

 

 

17 diciembre 2023

JERÓNIMO


Ha muerto Jerónimo, mi amigo. Hay amigos que se mueren y hay amigos que se te mueren, como es éste el caso. Se me ha ido para siempre Jerónimo, así, a secas su nombre. No se necesita nada más para reconocerlo, pues si irrepetible fue su nombre, también singular y señero como pocos.

Nos ha dejado cuando los árboles van quedando desnudos y sus hojas restauran un suelo de colores donde se nos enredan los zapatos del olvido. De la misma forma que se desnudan los árboles, el tiempo desnuda la vida mostrándonos su pujanza, contra la que nada se puede hacer. Si la vida viene de malas, compone un artificio que nos va pelando hasta dejarnos sin luz. Dios lo querrá así. Yo, no. Yo he sentido en mi alma  la  muerte de este amigo sencillo y justo, con el que crecí, paseé y confié en él. Nunca le oí una palabra malsonante, una murmuración, un reproche. Su estoicismo me relativizaba la velocidad de la vida, esa celeridad o apresuramiento que a veces impide enganchar las cosas interesantes que pasan cerca de nosotros. Pureza estoica.

Nos tuvo unidos en nuestra niñez y juventud por el estudio y el fútbol. Ya era elegante y poseedor de un carácter británico que le permitía no enzarzarse con absurdos barroquismos, pues conocía el valor exacto de las cosas, sus consecuencias, y dónde estaba lo importante de la vida.

Mi amigo, me llegó la noticia de tu muerte en ruta por lindes extremeñas y, como siempre que llega la muerte a destiempo, y no por esperada es necesaria,  me vino un rebote a la cabeza como  una tormenta de cuchillos estridentes. Ahora que pienso en ti, en tu familia, y te escribo, parece como si la sangre se me hiciera hielo y no me dejara seguir. La vida es una hija de puta con la guadaña siempre acechando.

Temprano levantó la muerte el vuelo,

Temprano madrugó la madrugada

 Temprano te fuiste, mi amigo. Emulo de nuevo a Miguel Hernández:

En Alamillo, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Jerónimo, a quien tanto quería.

Tempus fugit, requiescat in pace.

Hasta siempre, amigo.

                  

                                                                                                             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

05 octubre 2023

DE ALTURAS Y PLANICIES




 He caminado por los montes de la carrasca y el quejigo, donde se da el  romero, las aulagas, el espliego;  y todo mi paseo envuelto en un  ocaso bonito que iluminaba con una luz tierna estas sierras que aquí se ven. Tan limpia fue la tarde y tan dulce el último rayo de sol que se me fue el tiempo en un suspiro. Tan cautivado andaba que fue el grito de un búho, venido de un espeso robledal, el que rompió el silencio y me avisó que la noche invadía el sopié de la costera. Volví al refugio, que lejos no estaba, con el miedo, hermano de la noche.

Las fragosidades que da la sierra me conmueven y me asombran, tal vez por contraste; pues nací y crecí en campo abierto, plano como un pandero. Soy hombre de superficies lisas, un hombre en la luz y de la luz, de las flores que nacen en la sabana, de la yerba nueva, de los trigos que ralean en la tierra mala, de la insignificante mudanza de los cielos. De encinares, charnecas y tamujales. De arroyos sin cantos de agua, de campos en soledad donde alardea el lirio, de cercados en barbechos o sementados, de rastrojeras recién segadas y el olor de la paja húmeda del rocío.

De observar cómo traspone el sol el mogote del Burcio dejando un rescoldo de luz sobre el espacio, que si uno pudiera le negaría al sol su despedida de tan bello como queda todo. Y de guipar las estrellas en el cielo oscuro, que son como ojos que nos estudian hace milenios de siglos, y localizar el lucero más brillante, que se llama Venus, que si no es Venus yo quiero que lo sea.

Soy, somos hijos de la tierra. Y yo soy un ignorante que viaja por su piel.

Terram meam.