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10 octubre 2012

MI AMIGO GENARO "RASTROJO"

Genaro es un hombre de corazón abierto, espontáneo y poco cultivado. Lleva el pelo largo, viste cómodo y calza un 44 o más. No tiene prejuicios demasiados. Es portero de discoteca, hoy; mañana Dios dirá. Porque el mañana no tiene sentido para él, el mañana es un pájaro al vuelo que no sabe donde posarse y si lo sabe, un plomazo escopetero va a dejarlo sin plumas para los restos.

Es un aventurero, un trotamundos, un inquieto de conciencia rebelde que ordena su vida a su conveniencia sin falsificar los hechos cuando se le inquiere por banalidades de la vida canalla. Su moral es picaresca y picantona y sus creencias no van más allá de lo terrenal, como puede serlo la sierpe o el río o la piedra. A pesar de todo,  es un conocido mío, simpático y rayando en la amistad.

Fue en un bar de copas. Me contaba al detalle el accidente que tuvo con el coche en una noche oscura como boca de lobo bajando la cuesta de Taberneros.

-Vi abrirse las puertas del cielo, créeme, yo no te miento. Como cuando descorres las cortinas de casa y dejas al descubierto lo que hay en la calle. Las cortinas eran moradas, como las que viste el Papa, y el fondo, un azul luminoso casi blanco en un torbellino confuso. Así talmente.

-¿Las puertas del cielo? Eso no se lo cree nadie, Genaro. ¿No sería la linterna de Pepe el Guacha, que te socorrió, o las de la ambulancia que en ese momento pasaba por allí?

-Yo me quedé encerrado sin poder moverme, pero consciente, durante más de veinte minutos. No me contradigas, eran las puertas del cielo, y además se oía una música que yo nunca he oído.

-Vete a hacer puñetas, Genaro. ¿No sería Regino el paisano, con su guitara, o la radio del coche?

-Contigo es imposible hablar de cosas trascendentales. Yo te juro que desde entonces no soy el mismo. Pienso de otra manera muy diferente.

Genaro “Rastrojo”, en compañía de un amigo más tunante y pillo que él, se paseaba por bares y restaurantes de Almadén esgrimiendo una tarjeta falsa de no sé qué cargo en el Ayuntamiento de Alamillo. Ni tampoco sé con qué medios ilícitos la obtuvo. El caso es que comían y bebían con cargo al Ayuntamiento que, como era natural, no pagaba. Así hasta que lo descubrieron y lo buscaron. Pero no lo encontraron nunca. Abandonó esta ciudad sin despedirse de mí y jamás lo he vuelto a ver.

Era díscolo y de aventuras mil. Por eso me gustaba oírlo.

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