
Estamos a
primeros de abril y ya se escurre en el
calendario como miel en cuchara distraída. Abril, yo te siento como casi te
sentía cuando era verdad que la vida se contaba por primaveras. Abril de mis
primaveras antes, ahora abril de mis conmociones, de mis pálpitos. Hermoso
eres, llegas y vienes siempre a lo tuyo, aparejando como que no quiere la cosa
calorcillos y frescores, luces y claroscuros. El campo qué bien lo llevas, cosiendo donde ya
esparcirte los verdes, aquí un jaramago para el amarillo, allí un lirio para el
morado, una primeriza amapola para el rojo, y para la tierra áspera, escarpada
y desapacible, haces aparecer una rosa sin bautizar o un añil para la abulaga. Y no te
digo cuando te encargas de colgar las enredaderas, o de incendiar los rosales
con tanta pasión como escondes. Donde quiera pones tu encanto, ahí están las
lilas y las retamas, los cardos, el pan y quesito, los
alhelíes y las glicinias, alumbrando la tierra. Y a los olivos y las encinas,
cómo los pones, cuando se peinan con tu brisa. Y para mansear el campo nadie lo
hace mejor que tú, que se lo pregunten a las espigas de cebadas tempraneras o a la de los trigos con retraso.
Contigo
no sé cuando te acuestas ni te despiertas, porque nadie como tú para igualar
albas y atardeceres. Con tus lluvias y tus días largos todo el campo renace,
crece y vibra. Es el despertar de la naturaleza.
Bienvenido
seas, Abril gregoriano.
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