La primera vez que se cita el vino en la Biblia es
en el Génesis con el caso de Noé, indicándose al mismo tiempo los efectos de
esta bebida, cuando se toma con exceso.
El vino se tuvo por un don de Dios, y así
Isaac desea para su hijo Jacob que Dios le dé trigo y vino en abundancia. Dice
el Eclesiastés que «vino nuevo, amigo nuevo» y que hay que dejar que envejezca
para beberlo con gusto. Era, pues, bebida de uso común entre los hebreos,
utilizándose en las comidas cotidianas y comunes.
Los falsos profetas se hacían escuchar
prometiendo un buen año de vino. El Eclesiastés reconoce que el vino, al que
llama «sangre de la uva», tomado con templanza es una segunda vida. Isaías
manifiesta que Dios prepara a todos los pueblos un festín de vino viejo.
Melquisedec hizo traer pan y vino para ensalzar a Abrahán. Para Jeremías «el
gozo y la alegría han desaparecido, pues Dios ha hecho secar el vino en las
bodegas». El rey David expone que la tierra produce el vino que alegra el corazón.
Y los Proverbios recomiendan dar vino al que tiene amargura del alma.
Y el mismo Dios mandó a Moisés que para la consagración de los sacerdotes ofreciera una libación de vino.
Aún así, hay religiones nacidas del Protestantismo que prohíben el vino.
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