Llueve con insistencia. Varios días ya. Suelo levantarme temprano, abro la ventana para que entre la vida, y sigue la lluvia. A media mañana pasan los coches salpicando, la gente va rápida, huyendo de la mojadura y del viento, no vaya a ser que le vuelva el paraguas. También las nubes pasan con prisa, desde el sur, desde el oeste. El cielo parece una lámina donde se ven recogidos todos los grises del mundo conocido. Ni un rayo de sol velado. No hay tregua, la lluvia continúa, sigue pertinaz.
Paseo las calles, me detengo en los charcos someros donde la ciudad se refleja en ondas sutiles. Hay más vida aquí que en los espejos, donde las figuras se ven recortadas y definidas en su pureza; donde puedes seleccionar el encuadre; o fingir actitud, talante o perspectiva. Eliges lo que ves y lo que no.
La lluvia mansa hace al paisaje bello, lo transforma, lo hace atractivo. Pero si alguien pisa el agua y mueve el detalle, o la maltrata un coche y la quiebra o rompe, y el mundo se vuelve oscilante, entendemos que la belleza es frágil y pasajera.
Llueve, cierro mi paraguas, hago fotos sin importarme la caladura.
La lluvia, la lluvia siempre. Bienvenida sea.
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