Para conocer este sitio hay que salir del centro de Talavera y moverse por la periferia, aunque sin salirse mucho. Regentado por un joven audaz, de nombre Ángel, cocinero de mucho peso, de pelo rizado y con reflejos de espiga rubia, que siempre se muestra serio, cálido y despreocupado. El Mesón del Alma es un refugio que sólo exige saber estar dentro, saber que ahí están penalizadas las incorrecciones.
En el
extremo de la barra hay una pata de jamón, que la pezuña apunta a la boca del
cliente a modo de micrófono. Y una máquina tragaperras. Y dos baños pequeños,
pero limpios como jaspe. Y no más de diez mesas de madera burda que visten
mantel de tela polipropileno del color del vino. Y pan crujiente, y pinchos
humeantes, y vinos de las muchas regiones de España. Hubo veces con noches de
flamenco en las que el sol salía al encuentro de los rumberos.
En sitios
como este se entra solo y con reloj y se sale con amigos y sin hora, fabulando
sobre las pasiones de la vida. Las mejores madrugadas casi nunca piden más. Ni
tampoco necesitan más. En estos sitios suceden cosas, como que unas manos
deletreen con los nudillos en la madera los compases de un fandango, o que dos
amantes se amen con los ojos, o que dos enamorados de la misma mujer se jueguen
el cuerpo a cuerpo con la mirada. La noche es lo que tiene, que todo lo hace
posible.
Y cuando te
vas notas cómo la madrugada va abriéndose sola allí donde el silencio duerme y
la tragaperras descansa; donde ya no queda pan y el vino reposa.
Pero todo lo
que allí ha sucedido es ancho, es grande, es mejor.
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