Concierto
de Navidad (Museo del Prado)
¿Pierde seducción la Navidad a medida que vamos cumpliendo años?
Si la Navidad está unida al encanto, a la ilusión, a la credulidad y a la inocencia de la infancia, creo que pierde el encanto una vez que envejecemos. La Navidad de mi infancia pertenecía a los sentidos, y no me cuesta mucho creer que era más un acontecimiento que un concepto o un significado. Mi Navidad de niño eran las sorpresas, la colaboración en los temas religiosos, los cantos callejeros, los nervios, todo bajo un control estudiado, en un tiempo en lo que todo estaba cuidadosamente medido y ordenado. Más pertenecía a un mandato que a un sentimiento.
Hoy no me gusta la Navidad, me parece cruel porque me recuerda lo que hemos perdido y porque nos devuelve todo lo que sí queríamos perder y no volver a ver: sentarnos ante viejos amigos, los que quedan, con los que sólo hablamos de fútbol y callamos lo que nos conviene; vuelta al pueblo del que salimos, ¿a qué?, sin padres ni familia; sentarte ante una madre sola que nos ruega que no acabemos como ella; que un pariente lejano te recuerde que todavía quedan unos olivos por los Cercones sin varear, y que habrá que ir a la residencia a llevarle unos turrones a nuestros amigos Jaime y Petronilo.
Dejamos de ser niños y la Navidad entra en un tiempo impreciso. Lo que fuera una experiencia sensorial, ahora se convierte en experiencia moral. Es posible que si antes complacía los sentidos ahora conmueve a la conciencia.
La Navidad del niño es mágica porque parece eterna. Y la de los adultos lo es porque nos recuerda que eternos no lo somos.




