Me voy hacia el oeste por la cuesta Sabariega, un camino de tierra pedregosa, de altibajos, de desdentadas paredes de piedra suelta y de límites imprecisos entre el camino, la pared y el eriazo. Busco algo y no se qué: temas para mis pinceles, el hallazgo de un ave desconocida, el silencio de la mañana… No lo sé, por eso me pierdo entre las veredas, el pasto, la tierra recién arada, la fragancia de las yerbas que han despertado a la llamada del sol, siempre pendiente y cuidando de la naturaleza. Cambia el zorzal de encina y los gurriatos se estrenan en vuelo y canto. Y yo continuo la marcha sin saber adónde ir, sólo contemplando mi sombra que va delante y este mundo que me parece el más bello y mejor de todos. Y me doy cuenta que estoy andando por entre una raña extensa y alomada que se va perdiendo hacia el ocaso. Vuelvo y oriento mis pasos hacia una zona de olivares, un mar de espuma ceniza que gateando la sierra, la cubre.
Lleva mi cuerpo una larga caminata. A través de eriales,
pastizales y sembrados, he traspuesto cerros buscando entre horizontes nuevos
algo que me emocione, que a lo mejor no es nada.
Cansado tomo asiento bajo un olivo viejo y me recuesto en su
tronco atormentado. Observo el cielo de un azul puro, liso e inmenso, y
quisiera que Dios me visitara para explicarme cómo es ese mundo extraño en el
que Él existe, lo maneja y lo ordena.
Tomo un puñado de esta tierra a la que quiero tanto, la
empuño y se me escapa. Tomo otro puñado, la quiero retener e igualmente vuelve a su
origen. Es
arcilla seca y polvorienta, es polvo del mundo, es polvo cósmico. Yo soy una
prolongación de esta tierra y ambos lo somos de un universo sin terminar, de un
universo infinito al que le falta el fin.
Ahora que a la naturaleza le agradezco el descanso
de mi andadura, de poner a mi alcance la hermosura de las cosas más simples, de
pensar que todo tiene sentido en este universo, un universo que mi pobre cabeza
no acierta a entender la finalidad de su existencia, ni cuál fue su principio
ni cuál va a ser su final; de saber que formo parte de él como de mi mano un
dedo; ahora que esta paseata me ha hecho elevar mi pensamiento y mirar al cielo
sin ocultar cierto enojo, me llega y me sacude una pregunta:
Dios, cuando me siento abandonado y sin fuerzas, ayuno de
salidas, ¿me estás castigando?




