El edificio más importante de Alamillo
es la Iglesia, y es también el único que puede ofrecer atractivos al caminante.
El más visitado, el Ayuntamiento. Y el más popular y más nombrado, La Casa de la Blanca.
La Iglesia es sencilla, de cruz latina, como casi todas. Siglo XVII. Fue ermita y convertida en Iglesia por decreto de don Juan de Aguirre, bajo la advocación de la Purísima Concepción. Tiene un campanario sobre el eje de la nave, cuatro ventanas bajo arcos de medio punto, y cubierta de cuatro aguas. Destaca la sencillez de sus líneas y una techumbre de vigas de madera sobre grandes arcos de ladrillo al natural de obra vista, que antes estuvieron encalados. La Orden de Calatrava de mediados del siglo XVIII la describía como «una Iglesia de techumbre de madera fijada sobre arcos con tres altares, el mayor dedicado a la Purísima Concepción, San Antonio (actual Patrón de Alamillo) y Nuestra Señora del Buen Suceso a los lados».
Dos joyas de
valor destacan: El Sacramento, y la Pila Bautismal del siglo XVIII, que
ni Fidias la mejorarÍa.
Pero la pobre no tiene estilo definido.
Sus inicios datan del siglo XVII como ermita, adonde peregrinaba la población
dispersa por esos campos de Dios. Tras restauraciones queda en su estado actual,
que más se orienta a una arquitectura religiosa rural andaluza, sencilla, con
elementos tradicionales, que a un neoclásico tardío.
A mí me gusta mi Iglesia. Pero cuando vuelvo al pueblo la encuentro cerrada, pues no hay un sacerdote con residencia en Alamillo, sino que atiende a otras más y a la nuestra le toca cuando le toca, a excepción del domingo, que es día fijo. Y yo me hallo en un trance: o me espero al domingo o recurro a Daniel, el monaguillo servicial, que, menos ofrendar la comunión y la confesión, hace de cura, y es el asistente de las almas desvalidas. Un santo de hombre.
Titilan las llaves en sus manos,
disfruta al oír el ruido metálico que desde su casa lo separan de la Iglesia,
doscientos, trescientos metros; juega con ellas, las va haciendo sonar. Él vive
solo y las cuida y las mira en el
silencio largo y delgado de las noches tristes alamilleras. Son su talismán, y
saberse clavero de lo arcano y de lo insondable le da poder y gloria a su
persona llana, obediente y afable.
—Daniel, ábreme la puerta de la Iglesia,
quiero mirarle a los ojos de mi San Antonio y confesarle algunas cosas malas
que he hecho últimamente.
—Mañana es domingo, me recuerda.
—No te me escurras; lo quiero sin
barullo, sin la muchedumbre; lo quiero a solas. Te haré unas fotos con tu bata blanca de sacristán.
Me hace caso. Llegamos, abre la puerta maciza
y lenta, lo justo para que una persona entre de costado, y la cierra por dentro
para que nadie nos importune.
Lo veo manejarse en el interior, se
mueve de un lado a otro sin titubeos. Me va hablando. Aquí había antes un coro,
¿te acuerdas? Y un órgano, que lo tocaba César más mal que bien. Sí, me
acuerdo, chirriaban los pedales y a veces se equivocaba de tecla y no
rectificaba. César era quien decidía tirar de la cuerda para hacer sonar los
toques de la campana. La campana habla y hay que decirle al pueblo lo que está pasando, nos decía. Yo nunca tuve la suerte, a mí nunca me dejó.
—Ahí tienes a tu San Antonio, dile lo
que sea mientras yo me visto en la sacristía para las fotos.
Y mientras tanto, yo me inclino ante la
imagen de San Antonio y le digo mis vergüenzas y lo poco que hago para que me
tenga en cuenta, pues no soy nadie San Antonio bendito, pero aquí está tu
pueblo esperando de ti que un día cualquiera, de un año cualquiera y de un siglo
cualquiera, amanezca con un milagro o un asomo de tu poder tuyo para que levante cabeza y sus
gentes vivan mejor.
Debo llevar tiempo arrodillado porque un
carraspeo de garganta me saca del trance. Es Daniel, que de blanco inmaculado
lo observo instalado en el altar, y como se impone la blancura del ropaje sobre
lo oscuro de la Iglesia, Daniel toma la forma de presencia mágica o brujera,
pero misteriosa. Absorto ante mi Santo,
me sorprende.
—Impones, Daniel, baja de ahí.
Todo lo hace él, complacido y sin
titubeos. Su aportación a la Iglesia es total desde el momento que porta las
llaves del portalón robusto y por dentro hace y deshace porque sabe, porque
puede y porque quiere.
Me lleno de un silencio augusto, de
frescor y de limpieza. No es raro que el silencio case con la majestad de las
imágenes, sobre todo del Patrono, una talla que a mi entender parece excelente,
y sin embargo nadie se ha ocupado de buscarle la autoría. La Iglesia tiene sus
preferencias y sus prioridades, y la de Alamillo no está en su lista.
Tampoco sabemos nada sobre la Pila Bautismal, una joya en piedra labrada a la
que siempre le doy un repaso.
Allí al fondo, entronizada y esperándome, la Purísima. Reconozco que por entonces yo no era mariano, sólo llevaba en el corazón grabado a cincel a mi Dios, que no sé dónde está, que a veces se me extravía y no lo encuentro, pero sé que me acompaña, porque lo identifico con el Dios del respeto, del amor, de la tolerancia y de la rectitud, entre otras muchas virtudes que en la vida se entrecruzan. Dios y mi conciencia son una misma cosa: no me engañan jamás, pues si me tuerzo no me amparo en la ignorancia y si me enderezo no me aplaude. Sé discernir el Bien y el Mal, pues Él los esculpió en mi corazón y en mi conciencia el día que nací. Estas cosas son las que hablo con mi Santo para que interceda por mí para evitar pisotear andurriales donde las conveniencias sociales parecen estrujarnos.
Hay silencio y paz, resuenan las pisadas de aquí para allá de Daniel, la voz hace eco. Es un momento emocional en un tiempo impalpable. Cuántos silencios habrán sido ocupados por soledades que daban a un callejón sin salida, momentos en los que la soledad es tan grande que a esa soledad no le quedan enemigos. Cuántas oraciones se habrán elevado desde estos bancos de gentes a las que la vida se les agotó antes que la biografía, gentes a las que le desapareció la familia, desaparecieron los amigos, desapareció un amor o varios amores, desapareció la manera de hacerse presente como cuando eran más jóvenes.
— Daniel, vámonos.
Hoy es tu día. Bendito seas, San
Antonio, que de todos nosotros cuidas.




