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04 enero 2026

LA NAVIDAD SEGÚN PASAN LOS AÑOS

 

                                    Concierto de Navidad (Museo del Prado)

¿Pierde seducción la Navidad a medida que vamos cumpliendo años?

Si la Navidad está unida al encanto, a la ilusión, a la credulidad y a la inocencia de la infancia, creo que pierde el encanto una vez que envejecemos. La Navidad de mi infancia pertenecía a los sentidos, y no me cuesta mucho creer que era más un acontecimiento que un concepto o un significado. Mi Navidad de niño eran las sorpresas, la colaboración en los temas religiosos, los cantos callejeros, los nervios, todo bajo un control estudiado, en un tiempo en lo que todo estaba cuidadosamente medido y ordenado. Más pertenecía a un mandato que a un sentimiento.

Hoy no me gusta la Navidad, me parece cruel porque me recuerda lo que hemos perdido y porque nos devuelve todo lo que sí queríamos perder y no volver a ver: sentarnos ante viejos amigos, los que quedan, con los que sólo hablamos de fútbol y callamos lo que nos conviene; vuelta al pueblo del que salimos, ¿a qué?, sin padres ni familia; sentarte ante una madre sola que nos ruega que no acabemos como ella; que un pariente lejano te recuerde que todavía quedan unos olivos por los Cercones sin varear, y que habrá que ir a la residencia a llevarle unos turrones a nuestros amigos Jaime y Petronilo.

Dejamos de ser niños y la Navidad entra en un tiempo impreciso. Lo que fuera una experiencia sensorial, ahora se convierte en experiencia moral. Es posible que si antes complacía los sentidos ahora conmueve a la conciencia.

La Navidad del niño es mágica porque parece eterna. Y la de los adultos lo es porque nos recuerda que eternos no lo somos.  

 


22 diciembre 2025

CUENTO DE NAVIDAD

CUENTO DE NAVIDAD

Era un tipo raro. Caminaba bajo una lluvia tenaz empapado hasta las cejas y ni siquiera se preocupaba de guarecerse en un portal, o bajo un simple dintel, o buscar el refugio de una cornisa que lo resguardara. Pesaban sus ojos, y la gabardina más que él pero seguía impasible y como sobrado de tiempo, con la cabeza gacha y el  paso corto. Solitario, sin esperanza, pareciera que se conformara con llevarle la conversación a las toses de un moribundo. Su andar era ir a ningún sitio o así se deducía de su andar penoso.

De nombre Jesús, era casado y con hijos. No fue relumbrón en su trabajo, pero cumplió siempre. Tenía sus rarezas, que eran mal compartidas en casa. Si en alguna ocasión fue luminoso, su mujer se encargó de cambiar su gracia en sosería, de manera que cuando se le agitaba el corazón y se ilusionaba, este empuje era minuciosamente laminado por su esposa. Tuvo amigos que nunca se atrevió llevar a su casa porque no serían bien recibidos, los mismos que con ellos antes había repartido alegrías y esperanzas. Hoy se encontraba sin amigos, sin calor, sin palabras, sin ilusiones. Jesús se fue apagando, fue cediendo terreno para evitar tener que soportar tanta insistencia insultante. Cuando su mujer lo tuvo acorralado, comenzó en su declive a perder lo poco que de su humanidad le quedaba. Se abandonó en el vestir; cambió su forma de sentarse a la mesa, de exigir la temperatura del agua en la ducha, de abandonarse a la vida en definitiva. Tampoco le animaba el recuerdo de sus hijos que habían crecido viendo como su padre era ridiculizado y desmentido. Callaba y pagaba, que es lo único que puede hacer un hombre hoy si no quiere terminar de mala manera.

Nada tenía, nada era suyo, ya su mujer se encargaba de eso. Por eso se encontraba aquella noche bajo el aguacero, huido, cansado, derrotado, muerto en la Noche de Navidad. Y Jesús, metáfora y carne de quien dio la vida para salvarnos, y faltándole una María pura, buscó lo que en aquel momento más necesitaba: sólo un poco de ternura que le acariciara por última vez el alma. Entró en un garito y le pidió a la chica que no se desnudara, que no era necesario, que solamente quería oír palabras agradables para retener la ira y morir en paz en aquella noche de gloria en el Cielo y de paz en la Tierra.

No le cobró la Magdalena.


 

06 diciembre 2025

El OTOÑO, ESE VERDUGO DE LA MUERTE MÁS BELLA

 

Viene con la vendimia, con las hojas secas, con los bosques coloreados por Claudio de Lorena (Le Lorrain, “el lorenés”) que, si observamos su pintura, uno se lo imagina manchando el lienzo con rojos, sienas y amarillos, allí donde fue la verdura de las frondas. Y  se va con los fríos húmedos del invierno.

En otoño el sol se cubre con un carmín antes de trasponer a las espaldas del Burcio palpando las escarpaduras y el verde mate de los olivares. Y las neblinas matinales que se tienden sobre Alcudia, y que envuelven sus encinares, son celajes copiados por el acuarelista Turner.

A estas alturas de diciembre, ya se desnudaron los ejemplares de jardines y parques. Quedan sus hojas, que son como monedas doradas esparcidas por el viento.

El otoño nos vuelve más sensibles, más pensantes, más espirituales. Cuando la tarde cae, una mano fría parece posarse en nuestra espalda. El aire nos trae aromas nunca usados y hasta las fuentes conversan con voces diferentes. El otoño es el verdugo de la única muerte bella, pues tras embellecer a la Naturaleza, la desnuda y la ajusticia.

Como es habitual, una amiga de la casa nos traerá un canasto de membrillos. Yo los echo de menos, me los están reclamando Homero, Marco Polo, Rostand. Los dispongo con preferencia entre ellos, pues supongo que les gusta el aroma del membrillo. Lo digo porque la fragancia membrillera es el aroma de la madurez.

En otoño se sueña de otro modo, porque se sueñan memorias de días idos. Los días que van a venir se sueñan en abril.

 

 


04 diciembre 2025

EL OTOÑO Y EL VINO


 

Ahora que es otoño, una estación sabia y de buen consejo, de tiempo de racimos, de lagares, de perfumes mareantes y de jugos vivíficos, está bien, mejor muy bien, dejar reposar los caldos en las tinajas; que no hay ni mejor batalla ni mejores logros que los que nacen del tormento interno del mosto en los jaraíces.

Aquí, en la panza de la cuba, el vino duerme y sueña, se hace varón, pone alas a su fantasía y galopa como un Pegaso por un mundo distinto, sin que le sujeten los demonios que se han confabulado para atormentar al hombre de la calle.

Cuando pase su tiempo y despierte, descenderán de su mitología y procurará alegrar el corazón de los atribulados. Es un noble empeño por el que todos los años envejece y se renueva con los caldos de otoño. Pero, sin engolarse, el milagro del vino es un milagro carismático: todos confían en él y nadie ha crecido con él. Pero sigue apeteciendo su barbarie y su descanso.

 

16 noviembre 2025

LA LLUVIA

 





Llueve con insistencia. Varios días ya. Suelo levantarme temprano, abro la ventana para que entre la vida, y sigue la lluvia. A media mañana pasan los coches salpicando, la gente va rápida, huyendo de la mojadura y del viento, no vaya a ser que le vuelva el paraguas. También las nubes pasan con prisa, desde el sur, desde el oeste. El cielo parece una lámina donde se ven recogidos todos los grises del mundo conocido. Ni un rayo de sol velado. No hay tregua, la lluvia continúa, sigue pertinaz.

Paseo las calles, me detengo en los charcos someros donde la ciudad se refleja en ondas sutiles. Hay más vida aquí que en los espejos, donde las figuras se ven recortadas y definidas en su pureza; donde puedes seleccionar el encuadre; o fingir actitud, talante o perspectiva. Eliges lo que ves y lo que no. 

La lluvia mansa hace al paisaje bello, lo transforma, lo hace atractivo. Pero si alguien pisa el agua y mueve el detalle, o la maltrata un coche y la quiebra o rompe, y el mundo se vuelve oscilante, entendemos que la belleza es frágil y pasajera.

Llueve, cierro mi paraguas, hago fotos sin importarme la caladura.

La lluvia, la lluvia siempre. Bienvenida sea.

08 noviembre 2025

LA BUGANVILLA



En mi paseo diario me suscita interés la visión de la buganvilla, de esta buganvilla que he fotografiado, y que asoma a la calle a través de un enrejado. Tal vez sea ella quien guíe mis pasos y me obligue a caminar bajo su manto. Sé que hay un jardinero detrás que cuida el patio del cual nace. Así, cual si fuera la reencarnación del Padre Mundina, me explica  cómo hace para que la buganvilla adquiera ese color fucsia, fastuoso, que irradia en el mes de noviembre. Cada época tiene su lírica y nos marca el paso de una manera natural y suave.

Habemus tiempos de política agitada, de discursos encrespados y de sobresaltos diarios. Y en política, como en la tortura, hay momentos en que la piedad exige poner fin al sufrimiento. Yo me quedo con la buganvilla y su paz, la tranquilidad y la excitación de su color. Se sabe bella y rompe la monotonía del verde y del anaranjado vecino con su color grisáceo de noche temprana. Que por las prisas no se nos pasen los detalles, porque si algo nos enseña el tiempo es que la vida está en los detalles. Cada tarde —mi hora fija de paseo— esta buganvilla se me presenta como un destello de luz, de rosa vívido, o de un color entre canela y violeta.

Las margaritas duermen en primavera sobre la sangre de un manto de amapolas. Pero el otoño tiene sus flores favoritas y mimadas, y sus manías encontradas. La buganvilla que yo veo a diario, es una de sus favoritas.

 

  



 

09 septiembre 2025

EL VINO EN LA BIBLIA




La primera vez que se cita el vino en la Biblia es en el Génesis con el caso de Noé, indicándose al mismo tiempo los efectos de esta bebida, cuando se toma con exceso. 

 

El vino se tuvo por un don de Dios, y así Isaac desea para su hijo Jacob que Dios le dé trigo y vino en abundancia. Dice el Eclesiastés que «vino nuevo, amigo nuevo» y que hay que dejar que envejezca para beberlo con gusto. Era, pues, bebida de uso común entre los hebreos, utilizándose en las comidas cotidianas y comunes.

 

Los falsos profetas se hacían escuchar prometiendo un buen año de vino. El Eclesiastés reconoce que el vino, al que llama «sangre de la uva», tomado con templanza es una segunda vida. Isaías manifiesta que Dios prepara a todos los pueblos un festín de vino viejo. Melquisedec hizo traer pan y vino para ensalzar a Abrahán. Para Jeremías «el gozo y la alegría han desaparecido, pues Dios ha hecho secar el vino en las bodegas». El rey David expone que la tierra produce el vino que alegra el corazón. Y los Proverbios recomiendan dar vino al que tiene amargura del alma.

Y el mismo Dios mandó a Moisés que para la consagración de los sacerdotes ofreciera una libación de vino.

Aún así, hay religiones nacidas del Protestantismo que prohíben el vino.