Viene con la vendimia, con las hojas secas, con los bosques coloreados por Claudio de Lorena (Le Lorrain, “el lorenés”) que, si observamos su pintura, uno se lo imagina manchando el lienzo con rojos, sienas y amarillos, allí donde fue la verdura de las frondas. Y se va con los fríos húmedos del invierno.
En otoño el sol se cubre con un carmín antes de trasponer a las espaldas del Burcio palpando las escarpaduras y el verde mate de los olivares. Y las neblinas matinales que se tienden sobre Alcudia, y que envuelven sus encinares, son celajes copiados por el acuarelista Turner.
A estas alturas de diciembre, ya se desnudaron los ejemplares de jardines y parques. Quedan sus hojas, que son como monedas doradas esparcidas por el viento.
El otoño nos vuelve más sensibles, más pensantes, más espirituales. Cuando la tarde cae, una mano fría parece posarse en nuestra espalda. El aire nos trae aromas nunca usados y hasta las fuentes conversan con voces diferentes. El otoño es el verdugo de la única muerte bella, pues tras embellecer a la Naturaleza, la desnuda y la ajusticia.
Como es habitual, una amiga de la casa nos traerá un canasto de membrillos. Yo los echo de menos, me los están reclamando Homero, Marco Polo, Rostand. Los dispongo con preferencia entre ellos, pues supongo que les gusta el aroma del membrillo. Lo digo porque la fragancia membrillera es el aroma de la madurez.
En otoño se sueña de otro modo, porque se sueñan memorias de días idos. Los días que van a venir se sueñan en abril.

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