Ayer llovió por la
mañana, por la tarde y por la noche. Antier, también. El arroyo que baja del
norte, lamiendo la ristra de huertos, se ha salido de su cauce, ha inundado la
explanada donde está el Pilar, y en
la Cañailla iba volteando piedras que
las fue acumulando en la Torrentera,
donde se ha expandido y se ha naturalizado.
- ¡Cómo esta el Pilarillo, tío, ha cubierto las pasaderas, tan altas que son!
- ¡Cómo esta el Pilarillo, tío, ha cubierto las pasaderas, tan altas que son!
En esta
tierra, sobrino, reseca por los solazos, no se ha visto nada igual, y como cae
en fechas que no hace daño a los cultivos, bienvenida sea.
Mi tío Alberto, que le
llaman El lápiz por su altura, es
recovero, compra animales de pluma y pelo, los enjaula y los factura a Madrid,
a un comprador o a varios, que son los que le encargan la mercancía. Entra en
casa y llama a mi madre: Teodosia, que me llevo a tu hijo un rato, no le
regañéis a la vuelta. Y ya andando me comenta: Doy el aviso porque tu padre es un negrero. ¿Qué es un negrero? Un
tío con un látigo en la mano, que sacude. Mi padre lleva papeles y un anillo de
oro, pero un látigo, no. ¿Qué te crees tú eso?, lo lleva pero no lo ves. Pues
si no lo veo ¿cómo va a hacer daño? Es un tema muy complejo para que a tus años
lo entiendas.
Mientras caminamos me
va contando el cuento del Gato con botas, que no se le parece en
nada al real, que yo lo sé porque lo he oído en la radio un día buscando
flamenco para él. Con una gran dosis de imaginación, porque dentro del cuento,
que lo flamenqueaba, lo estaba utilizando para referirme la vida de Tiburcio, solvente zapatero remendón del
pueblo, que yo al cumplir años y unir su cuento con el real, llegué a
comprender la metáfora. Pudo ocurrírsele cualquier otra agudeza, pero eligió
esta del Gato con botas porque ya
había columbrado que venía hacia nosotros el zapatero remendón. Nos cruzamos
con Tiburcio y no trenzan palabra porque
nada tienen que decirse. Treinta pasos más tarde, de algo se acuerda, se vuelve
y cita a Tiburcio con lo que me pareció una tontería. El zapatero, vocea y
bracea y contesta a grito pelado. Y unos pasos más, cuando las palabras no se
entienden, el remendón chilla y dice con esfuerzo:
- Luego hablamos.
- Ahora sólo tengo
gallinas carias, le contesta mi tío. Y remata: Este Tiburcio cada día está más
sordo, ¿para qué querrá las gallinas si él tiene las suyas?
Por el huerto de
Juanillón la zona del Pilar parece una piscina olímpica, y camino del puente
nos adelanta Pepe El Tirilla sobre un
burdégano. Cantaba, y lo hizo bajini a nuestra altura, debe ser que le dio vergüenza que lo oyéramos. Mi tío me guiña el ojo y
muy rápido se expone: Te den un tiro y te
maten/como sepa que diviertes/a otro gachó con tu cante. Y debe ser que
como nos llega el aroma de la tierra húmeda, sin hacer pausa: No sé que tiene/la yerbagüena de tu
huertecito/que tan bien me huele cuando lo transito. Me gusta, tío, échate
otra más larga, que El Tirilla ya
está lejos. ¿Ya no te interesan los cuentos? No, dale al cante. Cuando sale la aurora/sale
llorando/pobrecita y qué noche/estará pasando. Porque la aurora/de día se
divierte, /de noche llora.
Esto es una Serrana,
que se llama así por ser cante de sierra, como Sierra Morena, la nuestra, y estos
cantes hablan de madroños, de
contrabandistas, de ovejas, de lobos, de pastores; o sea, temas de la sierra.
Yo te he oído otros cantes que se le parecen. Claro, sobrino, porque la Serrana
lleva vetas de la caña, de la liviana, de la siguiriya. Ya iras aprendiendo, ya.
Entonces ¿qué es el flamenco? Un arte consumado, sobrino, un arte de capilla nutrida de savias populares, que
viene de la India, de los persas, de los árabes… Oír el cante es tocar el
cielo. Los cantaores son gente de vino, de noche y de esfuerzo, que tienen
comprada la entrada del paraíso. ¿Y otros cantes no te gustan, tío? ¡Bah!, los
demás son el “No me mates con tomate, mátame con bacalao”. Tú a lo tuyo: pon la
radio y cuando salga flamenco, me avisas.
¡Qué grande es mi tío!
Yo lo prefiero a mi padre.


No hay comentarios:
Publicar un comentario