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16 julio 2020

FÉLIX, POETA DE ALAMILLO








FÉLIX RODRÍGUEZ: POETA  NUESTRO

Es el poeta alamillero: es nuestro poeta. Como locales hay miles en España y en el mundo. Porque la naturaleza humana cuando a una pasión se inclina, cuando su vehemencia es fiebre, es fácil encontrar caminos, y ahí está él con su verbo, que es su condición, su genio y su esencia. Y esa es la sustancia que nutre el ser de este poeta y con la que elabora el cóctel que da vida a sus sueños.

Nuestro poeta está hecho del retazo que su caminar mundano lo ha vestido: gañán, que es decir bregar con el alba; minero, que es ahondar en el extravío de la ceguedad; taxista, que es ser itinerante puro y vuelo sabio en parlería doméstica, laica y mundana. En cada uno de estos tatuajes que lleva su piel quedó alojada una traza de arideces y brillos.

Ese bagaje, que siempre fue el espigón de sus iniciativas, le aflora cuando se desmaya en soledades y se convence de la estrecha relación existente entre poesía y vida, entre la experiencia de crear y la experiencia de ser. Dice con Octavio Paz que la poesía es “la historia de todas las revelaciones y de todas las revoluciones”.

Nuestra tierra fue como una fuente que no cesaba de manar a lo largo de toda su vida y que no dejó de proporcionarle frutos innumerables. Él los recoge, confortado en la serenidad y la entereza. Surge el poeta que siempre quiso ser y no siempre pudo porque la espesura del vivir no le abría brecha. No le importó. Como nació maduro y no en despunte, no lleva amarrado su verso el lazo bisoño del aprendiz de todo; no es yerba incipiente que verdea  en los campos de sembradío, sino cosecha fecunda regada por su inspiración.

Félix Rodríguez Castro es el poeta. Así se llama nuestro vate. Y así como hay poemas que enternecen como las caricias de un niño, poemas a las que a sus palabras se les ha sacado astillas, así se nos presenta y se nos manifiesta este poeta. Con la sencillez del verbo, fragua pensamientos de altura que le dan color a la bondad, a la ternura y a la belleza, pues es capaz de atrapar el aire y musicarlo, de darle lustre a un lucero, de darle alcance al infinito. Es él un barrero de la palabra, a la que amasa, la tornea, la cuece en su cabeza novelera y soñadora, y la ofrece al lector como pieza de albornía única.

Versifica a ratos en algunos de los espacios muertos que le presta la hojarasca de la vida. En los otros espacios muertos que no aprovecha como poeta, holgazanea o ronda arroyadas de sombra y miel en su finca torera de “Llanomojao”. Ésa es su suerte y su vida y su privanza. Puede hacerlo, es pájaro en vuelo y  raíz en tierra: ser aire y sombra al mismo tiempo.

Desde el mismo centro de su paisaje eleva el corazón a la demasía y le da alturas a la inspiración hasta transfigurarla en magia, pues siente su mundo interior sin necesidad de señales externas que le hagan ordenar el hato y asomarse a otros mundos tirando millas en busca de otras romerías y otros padrenuestros. Ya digo, no necesita dejar sus aires para atrapar la sencillez y la armonía de las cosas y dejarlas caer en papel sin aspavientos y sin excesos.

Nuestro reconocimiento al poeta de Alamillo, hoy alejado de la pluma. Y nuestros respetos y gratitud por tu obra.

A ESE DIOS

A ese Dios
del limpio amor
que inspira sinceridad,
a ese Dios
todo bondad
en un libre corazón,
a ese Dios
yo me remito.
Niego al dios que es rito y mito,
coartada de granujas,
contamínate sustento
de ignorantes y de brujas,
de toda legión de lilas,
mentecatos meapilas
hipócritas y baratos.
A ese dios irracional
defendido a toda ultranza
por quienes llenan la panza
con el cuento teologal…
A ese dios todo castigo,
de mi corazón destierro…
Ese dios es mi enemigo
y… ¡quiero celebrar su entierro!

(Félix Rodriguez)


Aromas de pura estepa
trae su porte cortijero.
Sabed que antes de poeta
era mi amigo minero.
*
Por mayoral le tienen
aves, perros y terneros,
que en Llanomojao beben
de su mano amor campero.
Y taxista fue también,
y antes quiso ser torero.
Por derecho y por revés,
cabal fruto alamillero.
*
Un niño grande parece
Félix Rodríguez. ¡Qué tierno!
Su verso humilde enaltece
y hace grande lo pequeño.
*
Ante gente tan honesta;
sea el taxista, sea el minero,
sea el poeta, sea el torero;
reverencias manifiesta
a este hombre mi sombrero
*

(Miguel Ángel Ballesteros)



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