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15 julio 2018

COSAS DE LA RADIO (2)



Para Paula y Alfonso Bejarano,
flamencólogos como su padre.

Durante el día mi padre se ausentaba de casa porque con frecuencia debía realizar visitas a profesionales, dentro de las actividades del comercio, a tiendas que en abundancia había en aquella época dorada de Alamillo. Era el momento en el que yo encendía el aparato de radio e intentaba encontrar una emisora en la que emitieran cante flamenco. Y es que mi tío Alberto, que vivía pared con pared, me tenia encomendado que cuando oyera ese cante lo avisara inmediatamente, tal era su afición. El flamenco no era extraño oírlo con cierta continuidad, tal vez fuera una medida de distracción política, cosa que en aquellos tiempos no sería extraña. ¡Y cómo  vivía mi tío el flamenco! De tanto escuchar me aficioné yo, que sigo con ese gusto arraigado en lo más profundo de mi ser. Me empapaban de poesía sus letras de amores y desamores, de celos, de venganzas, de infidelidades.  Hoy, desde mi mundo adulto, digo que es un arte refinado que solo los grandes cantaores pueden divulgar sus formas puras, sus estilos más ortodoxos. Me arrebata tanto  la clásica malagueña como la brillantez de la caña; lo dulce de las guajiras y las lamentaciones de las soleares. Pero, ¡alto!, no iba yo por aquí.

Un día la radio canta en flamenco y raudo lo aviso:

Un novio pidió a su novia
agua por una gatera.
lo que no puedo decir
es lo que el novio le dio a ella
porque yo no estaba allí.

Esto es un fandango, sobrino, es lo único que me habla. Mi tío Alberto escucha y calla y me obliga a oir. Mueve la mano al compás del toque y lo acompaña con sutileza golpeando la mesa con los dedos o los nudillos.

Cuando termina me dice que hay muchos tipos de fandangos: éste es de Lucena, pero los que más me gustan son los de Alosno y Valverde, que ya te los enseñaré algún día. ¿Tú sabes, sobrino, dónde está Portugal? Claro, al lado de España. Pues hace muchos siglos, utilizando su cante, que es el Fado, surgió  el enfandangado, y de ahí pasó a España con el nombre de fandanguillo, derivado del fandango. Ahora es letra, pero sus comienzos era un tipo de baile. No te digo más sobre el fandango, te estoy aburriendo. No es eso, tío; pero disfruto más cuando cantas.

Luego me enseña a distinguir la diferencia del cante chico del cante grande. y me habla del duende, que eso va por dentro, sobrino, y termina sedándote los entresijos; y del ángel y de la musa, que son diferentes porque son luces y formas que vienen de fuera. Y de ese  quejío,  que solo lo da la pena que atormenta. Quien no sienta estos cantes no tiene sentimientos, sobrino, ni conoce la pasión.

Mi madre, que nos ve y nos bendice con un “ya están otra vez”, sabe y así lo comenta,  que siempre que su hermano cantaba, ya de pequeño, lo hacía en flamenco.

Una noche que me lleva en un caballo colín a la era para ver cómo estaba aquello, y cerciorarse de si había guardián para que el montón de trigo no menguara durante lo oscuro, me cuenta que una vez fue a Madrid y vio en un teatro a uno de nombre Caracol cantando Carcelero, carcelero  y seguía el cantaor diciendo que había que cerrar las puertas, las ventanas, echar los cerrojos, y las rejas de la cárcel con candado, para que no escapara la mujer que a su lado estaba bailando. Algo así, porque me lo hablaba con tono bonito y yo estaba más pendiente de su voz cantarina que de otra cosa. Y todo eso lo decía, sobrino, porque era una pécora con la que había que tener mucho cuidado con ella. ¿Qué es una pécora, tío? Una mujer mala, de las que se escotan y fuman y beben vino y se cruzan de piernas delante de la gente, me lo dijo de hombre a hombre para que yo me fuera enterando del mundo. Lo cantaba muy lastimero y queriendo cogerla de las trenza de su pelo, pero solo alargaba la mano y se quedaba con ella tiesa como un pobre pidiendo, con el sombrero caído y con las piernas abiertas y un poco echao palante. ¿Y ella qué hacía, tío? Bailaba y bailaba delante de él, sobrino, se movía igual que una yegua en un campo de amapolas. ¿Le dio alguna moneda? No, no, qué va, lo que quería era cogerla. ¿Para qué? Cosas de mayores, ahora eso tú no lo entiendes. ¿Y qué es lo que tengo que entender? Pero como llegamos a la era no me contó el final y me quedé sin saber cómo quedó aquello, si a la bailaora la metieron presa, se escapó o se fue con el Caracol, ése del sombrero caído.

- Cuando metamos el grano y la paja te voy a llevar a la capital, que ahora en verano hay muchas cosas de estas y a lo mejor tenemos la suerte de ver algo bueno. Sí, y tú te compras un sombrero como el del cantaor, te lo colocas terciado, y tiras ya la gorra de cuadros, tío, que ya tiene muchos años.

Cuando me dejó en la puerta de casa, mi padre me recibió con un mojicón que me hizo daño, solamente porque no sabía dónde yo estaba. ¡Que iba con mi tío, fíjate tú que ocasión le di para sacar la mano a paseo! Y con la acogida que tuve  supe que no haría nunca ese viaje  a la Capital para ver a Caracol.


Y me pasaba que cuanto más me prohibía una cosa, más rebelde me afincaba yo en aceptarla. Por eso y por lo otro veo  y oigo este cante desde niño.

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