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15 agosto 2018

COSAS DE LA RADIO (4)


AA María Jesús Romano de los Santos,
que me prestó su ayuda.



Los Chorros

Las cuatro escuelas que había en Alamillo se disponían,  juntas todas, mirando a la popular Plaza de los Chorros. Y separadas, dos y dos, por sexos. En los recreos, más que solazarnos nos desbordábamos practicando juegos más o menos violentos. O, buscando la exactitud, más peligrosos que violentos. Era una medida hemostática que cicatrizaba la angustia de los castigos de los maestros de escuela y sus malos métodos de enseñanza, porque la pedagogía de entonces no pasaba más allá de ser una continuidad de la practicada en el domicilio, que no era otra que hacer buenos a los niños a base de palmetazos. Había padres que preocupados por una mejor preparación para sus hijos, pagaban unas horas extras al maestro. Yo estaba en este grupo, y cuando le dije a mi padre (o quizá detectara mi falta de progreso) que el maestro nos dejaba solos mientras él alegraba el ánimo en la taberna de Joaquín, nada cambió, porque no aprendíamos de ninguna manera. Pero este clima educativo está reservado para otra ocasión, si llega.

 

A lo que iba con los juegos de recreo. Uno de esos juegos feroces era la pídola, y un primo de quien esto escribe se rompió en este pasatiempo arriesgado el labio superior a consecuencia de una caída monstruosa que dejó turbada a toda la chiquillería. Su padre, médico, aunque se lo compuso con tanto esmero como maestría, no pudo evitar la huella del percance, visible para siempre. Otros casos hubo, pero con éste, basta.

La Plaza era de tierra batida, dura como el cemento, y en su centro se armó en tiempos que nadie recuerda una fuente de hierro, alta,  de dos caños, que suministraba toda el agua que la población consumía para todos sus menesteres. Porque en aquellos tiempos de carencias hasta la más elemental, el agua, faltaba en las casas. Y esos dos chorros de agua son los que han dado nombre a la fuente, que terminó por llamarse al conjunto, Plaza incluída, Los Chorros.
Así las cosas, un día llamé a mi tío. La radio en flamenco:
Carmona tiene una fuente
con catorce o quince caños,
con un letrero que dice:
Viva el Polo de Tobalo.

Ni Veracruz es Veracruz,
ni santo Domingo es Santo,
ni Puerto Rico es tan rico
para que lo veneren tanto.
¡Ya ves, tío, Carmona tiene una fuente como la del  pueblo, y está en coplas! Y a ti te extraña que esté en el flamenco, ¿a que sí?  Pues ahí lo tienes, sobrino, una fuente tan bella como esta nuestra, que es el ama nutricia de todo el pueblo, y sin embargo a ningún poeta de aquí le ha dado por hacerle unos versos habiendo buenos poetas como Félix, y cantantes como Regino, que es poeta, y cantautor profesional, que se aísla en Alamillo solo para versificar, y no se entiende que no la hayan hechos unos versitos.

Esta fuente nos amamanta, de esta fuente bebemos todos, en estos grifos se llenan los cántaros de arcilla que las mujeres colocan en el suelo y en orden hasta llegar a ella, ocupando a veces media plaza. Y de aquí a casa, al reposo de las cantareras, con tapones de respiraderos porque el agua debe respirar para que no se duerma o se quede encantada; y desde allí a vasijas de mil formas porque se ciñe y se modela como ropa dócil. Más preciada que el oro era.

Y es aquí, en las cantareras, en las jarras, en los porrones, donde está la vida de cada familia, la vida del pueblo. Y nadie ha hecho nada para que perdure en el recuerdo.
Pero, tío, yo veo agua por todos sitios, te pones dramático, como dice tu hermano Bolleras. Mira, sobrino, hay agua de fuente, delgada y virgen; agua que se despeña por los berrocales; agua de rambla, que la lluvia fina la deja para que la tierra la acoja sin prisas; agua de molino; agua de la mano a la boca. Y hasta hay agua que los hombres la humillan haciéndola pasar por cañutos de cemento, y la miden y la escriben en escrituras de propiedad. Pero esta agua no llega a casa, mansa y limpia, entérate; a las cantareras llega la de los Chorros gracias a las mujeres que transportan hasta tres cántaros a la vez, y así ahorran tiempo para otros quehaceres de la casa.
Bueno, no te enfades, tío, que te pones feo. Deja al agua y háblame del Polo, que a mí me suena a verano y al Chindo de Almadén vendiendo helados por la calle.
El Polo, sobrino, es un cante agitanado, pero sin llevar sustancia flamenca propia. Es estéril porque él no ha demostrado descendencia: nace y muere, empieza y termina en él mismo, ¿estamos? Pero es flamenco, y autoridades del cante le han dado categoría. Yo admiro a don Antonio Chacón y al Niño de Almadén cantándole a esa fuente de Carmona con un aliento como pocos lo han hecho. 
¿Almadén tiene un cantaor flamenco, tío?
Así es, y de los buenos. Te resumo, sobrino, para que ya me dejes: Carmena con una fuente a la que le cantan en la radio, y Almadén un cantaor flamenco de altura, que le canta a esa fuente.
¡Qué envidia, tío, y nosotros con fuente con poeta y con cantante, y ni siquiera tienen Los Chorros unos versos para que sea recordada siempre nuestra fuente de hierro.
  




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