AA María Jesús Romano de los Santos,
que me prestó su ayuda.
Los
Chorros
Las cuatro escuelas que
había en Alamillo se disponían, juntas todas,
mirando a la popular Plaza de los Chorros. Y separadas, dos y dos, por sexos.
En los recreos, más que solazarnos nos desbordábamos practicando juegos más o
menos violentos. O, buscando la exactitud, más peligrosos que violentos. Era
una medida hemostática que cicatrizaba la angustia de los castigos de los
maestros de escuela y sus malos métodos de enseñanza, porque la pedagogía de
entonces no pasaba más allá de ser una continuidad de la practicada en el
domicilio, que no era otra que hacer buenos a los niños a base de palmetazos. Había
padres que preocupados por una mejor preparación para sus hijos, pagaban unas
horas extras al maestro. Yo estaba en este grupo, y cuando le dije a mi padre
(o quizá detectara mi falta de progreso) que el maestro nos dejaba solos
mientras él alegraba el ánimo en la taberna de Joaquín, nada cambió, porque no
aprendíamos de ninguna manera. Pero este clima educativo está reservado para
otra ocasión, si llega.
A lo que iba con los
juegos de recreo. Uno de esos juegos feroces era la pídola, y un primo de quien esto escribe se rompió en este
pasatiempo arriesgado el labio superior a consecuencia de una caída monstruosa
que dejó turbada a toda la chiquillería. Su padre, médico, aunque se lo compuso
con tanto esmero como maestría, no pudo evitar la huella del percance, visible
para siempre. Otros casos hubo, pero con éste, basta.
La Plaza era de tierra
batida, dura como el cemento, y en su centro se armó en tiempos que nadie
recuerda una fuente de hierro, alta, de
dos caños, que suministraba toda el agua que la población consumía para todos
sus menesteres. Porque en aquellos tiempos de carencias hasta la más elemental,
el agua, faltaba en las casas. Y esos dos chorros de agua son los que han dado
nombre a la fuente, que terminó por llamarse al conjunto, Plaza incluída, Los Chorros.
Así las cosas, un día
llamé a mi tío. La radio en flamenco:
Carmona tiene una fuente
con catorce o quince caños,
con un letrero que dice:
Viva el Polo de Tobalo.
Ni Veracruz es Veracruz,
ni santo Domingo es Santo,
ni Puerto Rico es tan rico
para que lo veneren tanto.
ni santo Domingo es Santo,
ni Puerto Rico es tan rico
para que lo veneren tanto.
¡Ya ves, tío, Carmona tiene una fuente como la del pueblo, y está en coplas! Y a ti te extraña
que esté en el flamenco, ¿a que sí? Pues
ahí lo tienes, sobrino, una fuente tan bella como esta nuestra, que es el ama
nutricia de todo el pueblo, y sin embargo a ningún poeta de aquí le ha dado por
hacerle unos versos habiendo buenos poetas como Félix, y cantantes como Regino,
que es poeta, y cantautor profesional, que se aísla en Alamillo solo para
versificar, y no se entiende que no la hayan hechos unos versitos.
Esta fuente nos amamanta, de esta fuente bebemos todos, en estos grifos se
llenan los cántaros de arcilla que las mujeres colocan en el suelo y en orden hasta llegar a ella, ocupando a veces media plaza. Y de aquí a casa, al reposo
de las cantareras, con tapones de respiraderos porque el agua debe respirar
para que no se duerma o se quede encantada; y desde allí a vasijas de mil
formas porque se ciñe y se modela como ropa dócil. Más preciada que el oro era.
Y es aquí, en las cantareras, en las jarras, en los porrones, donde está la
vida de cada familia, la vida del pueblo. Y nadie ha hecho nada para que
perdure en el recuerdo.
Pero, tío, yo veo agua por todos sitios, te pones dramático, como dice tu
hermano Bolleras. Mira, sobrino, hay
agua de fuente, delgada y virgen; agua que se despeña por los berrocales; agua
de rambla, que la lluvia fina la deja para que la tierra la acoja sin prisas;
agua de molino; agua de la mano a la boca. Y hasta hay agua que los hombres la
humillan haciéndola pasar por cañutos de cemento, y la miden y la escriben en
escrituras de propiedad. Pero esta agua no llega a casa, mansa y limpia,
entérate; a las cantareras llega la de los Chorros gracias a las mujeres que
transportan hasta tres cántaros a la vez, y así ahorran tiempo para otros
quehaceres de la casa.
Bueno, no te enfades, tío, que te pones feo. Deja al agua y háblame del
Polo, que a mí me suena a verano y al Chindo
de Almadén vendiendo helados por la calle.
El Polo, sobrino, es un cante agitanado, pero sin llevar sustancia flamenca
propia. Es estéril porque él no ha demostrado descendencia: nace y muere,
empieza y termina en él mismo, ¿estamos? Pero es flamenco, y autoridades del
cante le han dado categoría. Yo admiro a don Antonio Chacón y al Niño de Almadén cantándole a esa fuente de Carmona con un aliento como
pocos lo han hecho.
¿Almadén tiene un cantaor flamenco, tío?
Así es, y de los buenos. Te resumo, sobrino, para que ya me dejes: Carmena
con una fuente a la que le cantan en la radio, y Almadén un cantaor flamenco de
altura, que le canta a esa fuente.
¡Qué envidia, tío, y nosotros con fuente con poeta y con cantante, y ni
siquiera tienen Los Chorros unos versos para que sea recordada siempre nuestra
fuente de hierro.





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