Mi tío Alberto me altera.
Por el día tengo ratos muy cortos para recogerme entre libros y va y entra en
casa dando voces preguntando por mi padre. Mi madre, que es su hermana, le dice
que ha salido, que está en el Ayuntamiento y que tardará. ¿Pasa algo? Un asunto
serio de Mario con la escuela, ya te contaré.
No, lo cuento yo ahora, con
el paso del tiempo, y sin agrura, sin atufo, y sin mosqueo para quienes lo
vivieron. Lo relato como una anécdota más de las cientos que nos arremeten y
acosan en nuestro suceder diario.
Quiero recordar que en los
llamados Partes o Noticias radiofónicos (que hoy han
devenido en telediarios) la música del régimen franquista era una constante, y por
eso, no solo ahí sino en ocasiones múltiples, no dejaba de oírse la Marcha Real
de José María Pemán tanto en el introito como en la despedida, cosa que a mi
padre, un republicano enconado, por mucho que se apresuraba a cambiar el dial
de la radio siempre oíamos las primeras notas. Yo seguía en la escuela cantando
Montañas nevadas, el Cara al sol y Por el Peñón de Gibraltar, sin saber por qué se interrumpía la
docencia por el canto, ni donde estaba el beneficio de la permuta. Ahora sí
tengo conciencia, claro está, de la manipulación juvenil con el fin de perpetuarse un sistema
político, pero así son y eran los tiempos de mi niñez: un adoctrinamiento
preceptivo y sancionado con la expulsión de la enseñanza pública en caso de
rebelión ante este adiestramiento de doma. Una mala práctica, genérica, que no solo tuvo su acomodo en el ayer.
Bien. En mi escuela todos los
padres, por convicción o por amenaza de expulsión, habían afiliado a sus hijos
al llamado Frente de Juventudes, una sección juvenil de la Falange Española que
era el único partido autorizado de la Dictadura. Todos los alumnos, no:
faltaban a la cita dos, y uno de ellos era yo. Mi maestro me hizo llevar a casa
cuatro o cinco recordatorios verbales sobre la necesidad de pertenecer a dicho
Frente de Juventudes, y como mi padre no hacia caso alguno, un día le entregué
en mano unas citaciones conminando al alistamiento bajo la amenaza de dar
cuenta al Centro de Enseñanza de Ciudad Real. Y lo acompañaba con el agravante
verbal con el que me recomendaron que dijera: “Que si no me alisto a la Falange
me echan de la escuela”. Palabras textuales, que guardo. Mi padre dijo, con un
repente: “Mañana no vas a la escuela”. Palabras que también conservo. Y no
volví.
Las citaciones iban firmadas
por Demetrio de la Cruz, maestro y Delegado Local, y por Manuel Trullenque Mas,
Jefe de Centuria. Aquí están:
Me disgusté mucho, primero
por no contar mi padre con mi opinión, que no la esperaba sabiendo de sus dotes
absolutistas; y segundo, por dejar de aprender cosas, que ya era mi meta desde
chico. No me importaba, como a otros muchachos, lucir la camisa azul con el bordado del yugo y
las flechas en el bolsillo izquierdo, que yo entonces ni sentía ni siento ahora aprecio alguno
por los símbolos; ni a considerarme desplazado en las formaciones por el diferente
color de la ropa. Nada me asustaba, sólo dejar la enseñanza porque ignoraba la
alternativa que iba a tomar mi padre. Pero pronto despejé mi duda cultural, pues me buscó,
que bien cerca lo tenía, justo enfrente de casa, un hombre sabio y justo (tres
hubo a mi corto entender: Eustasio, Jerónimo y Juvencio) que ejercía de maestro
sin serlo, debido a su capacidad cultural. En este tiempo debe ser que maduró
su idea sobre mí y coincidió con el proyecto de una maestra local que se
atrevió a ofertar una empresa gigante: reunir a una gavilla de chicos y
auparlos hasta lograr el Bachiller y media carrera en enseñanza libre. Ella era
conocida por doña Ángela, y los muchachos: Pilar, Peteta, Mari Carmen, Rosario,
Nano, Julián, Emilio, Balbino, Jacobo, y quien esto escribe. Gran mujer, dicho sea en
su honor, a la que le debo mi afición por la lectura, mi pasión por la escritura
y la curiosidad por la enseñanza de los entresijos de la vida. Así que a los trece años de edad
empecé el Bachillerato, ya olvidadas las fases de los cambios escolares.
No hago justicia si me
olvido de mi padre y el por qué de la actitud de rechazo empecinado que muestra
en este relato. Y aún siendo breve, no es para menos la cosa. Mi abuelo, esto
es, su padre, fue Alcalde de la República en Alamillo. Por este cargo fue penado
y enviado a la Prisión Central de Hellín. En consecuencia, mi padre, por ser
hijo de republicano, fue enviado a un Batallón de castigo en Sigüenza, y más
tarde a otro en Ceuta. Por esto, y por la depreciación de la hacienda familiar,
se explica la animosidad y la entereza de mi padre a que yo me alistara al
Frente de Juventudes. Los documentos que exhibo me aparecieron, siempre
callados, entre sus ordenados papeles después de su muerte. Un hallazgo de cuyo contenido nunca se habló en familia, y del que yo nunca me he atrevido a olvidar.
Se mostraron de la forma en que apareció el arpa olvidada
del salón en el ángulo oscuro, que nos dijo Bécquer.
Así que desde aquel momento
en el que me vi fuera de la escuela, cuando yo oía en la radio la música del
Régimen siempre aprecié que fue el mismísimo Franco quién me echó de la
escuela. Por eso, y viendo posteriormente mis avances de mejora, agradezco a mi padre la valentía de su desafío a los incardinados del Régimen (léase franquismo). Un asunto grave el hecho de despreciar en momentos críticos las amenazas del Delegado Local y del Jefe de Centuria de
la Falange, que quedaron en agua de borrajas.



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