Antiguamente, cuando la
televisión no había llegado a los pueblos, la radio era la semilla que
fecundaba los hogares españoles de
información y de entretenimiento. Ahí estaban, entre otras que yo recuerdo,
novelas como “Ama Rosa” y “Cumbres borrascosas” (por cierto, este clásico de
Emily Bronte, su autora, todavía lo veo en librerías modernas), que eran radiadas con generosidad de voces
atrayentes y con gran aceptación en las oyentes femeninas. O la música del
momento, con la emisión de discos dedicados a familiares y amigos que “Radio
Andorra” se encargaba de deleitarnos en las noches sofocantes del verano, y
donde más de una vez hemos oído nuestro nombre en cumpleaños o en fiestas.
A mí los libros me
hacían trasnochar, y de esta circunstancia me aprovechaba de las ondas algún
que otro día determinado de la semana. Y era que “Radio Estocolmo” emitía una
sección en la que facilitaba direcciones
para unir epistolarmente a personas del mundo mundial sin otro interés
que el cultural. Me dio sus frutos. Pero este apartado quede para otro momento.
Mi intención de ahora
no es otro que dar a conocer las preocupaciones que inquietaban a mi padre, y
los duelos que he tenido con él por culpa de la radio, que tanto ha contribuido
al progreso de la humanidad. Mi padre, como hombre político que fue, y ya
dentro de este vértigo, la radio la consideraba como un juguete particular e instructivo; de tal
manera que se afincaba en onda corta y contactaba con la BBC de Londres o con
La Pirenaica, emisoras clandestinas y únicas que facilitaban cierta información
de la situación política de España. Hasta la medianoche, pegado literalmente al
aparato porque la audición se interrumpía por breves momentos y porque, además
y sobre todo, no fuera a ser que desde la calle pudieran oírle, no obstante lo
bajini de la escucha y por el horario, personas ajenas a estos compromisos y lo
denunciaran. Eran otros tiempos, se entiende. Pero yo quería conocer cosas de
la España del momento, y claro, que si Franco, que si un ministro, que si un
pantano, que si una Ley…, pues esas noticias, que hoy están al día, no se oían en casa, sólo en el NO-DO del cine
de Danielito. Así que espoleado por mi curiosidad le pregunto que qué es lo que
cuentan esos extranjeros. Y como mi padre nunca me adoctrinó acerca de ideales
políticos, y no queriendo comprometerme ni confundirme en idearios, me decía:
No sé, se va la onda. ¿Qué es eso de la onda? ¿Adónde se va? Y me explica, como
ejemplo didáctico y sencillo, que las
palabras viajan por el aire. Sí, no pongas esa cara, es como cuando tu vas a
Almadén, pero por el aire. Es que para ir a Almadén se tuvo que hacer una carretera y por ella te lleva José en su taxi, que
conoce el camino; no hay pérdida, y te ve la gente, pero en el aire ¿quién ha
hecho el camino, quién ve una palabra o una canción? Pues viajan como si alguien
las condujera sin ver y sin carretera. Imposible, cómo voy a ir al Cerro la Jovita, a Los Lentiscares o al
Charco de las Zahúrdas con los ojos vendados. Orientándote, ¿no lo hacen las
cigüeñas? Pero yo no soy cigüeña ni me puedo orientar si soy ciego. Y otra
cosa: cuando se va la onda, ¿adónde va a parar, a otras casas? A la onda la
entorpecen fenómenos extraños en su camino: las nubes, los aviones, los
pájaros, todo eso, atraviesan su camino y lo cortan. ¡No es tan difícil
entenderlo! Pues no me creo nada, pero si se oyen ahí dentro a gentes de fuera de España va a
ser más un misterio o un milagro que
todo lo que me estás contando (lo del milagro lo exasperaba, lo sacaba de quicio). Bueno, tómatelo como quieras: son intríngulis de
la vida.
Mi padre cortaba por lo
sano, fue así siempre.

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