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01 julio 2018

COSAS DE LA RADIO (1)




Antiguamente, cuando la televisión no había llegado a los pueblos, la radio era la semilla que fecundaba  los hogares españoles de información y de entretenimiento. Ahí estaban, entre otras que yo recuerdo, novelas como “Ama Rosa” y “Cumbres borrascosas” (por cierto, este clásico de Emily Bronte, su autora, todavía lo veo en librerías modernas),  que eran radiadas con generosidad de voces atrayentes y con gran aceptación en las oyentes femeninas. O la música del momento, con la emisión de discos dedicados a familiares y amigos que “Radio Andorra” se encargaba de deleitarnos en las noches sofocantes del verano, y donde más de una vez hemos oído nuestro nombre en cumpleaños o en fiestas.
A mí los libros me hacían trasnochar, y de esta circunstancia me aprovechaba de las ondas algún que otro día determinado de la semana. Y era que “Radio Estocolmo” emitía una sección en la que facilitaba direcciones  para unir epistolarmente a personas del mundo mundial sin otro interés que el cultural. Me dio sus frutos. Pero este apartado quede para otro momento.
Mi intención de ahora no es otro que dar a conocer las preocupaciones que inquietaban a mi padre, y los duelos que he tenido con él por culpa de la radio, que tanto ha contribuido al progreso de la humanidad. Mi padre, como hombre político que fue, y ya dentro de este vértigo, la radio la consideraba como un  juguete particular e instructivo; de tal manera que se afincaba en onda corta y contactaba con la BBC de Londres o con La Pirenaica, emisoras clandestinas y únicas que facilitaban cierta información de la situación política de España. Hasta la medianoche, pegado literalmente al aparato porque la audición se interrumpía por breves momentos y porque, además y sobre todo, no fuera a ser que desde la calle pudieran oírle, no obstante lo bajini de la escucha y por el horario, personas ajenas a estos compromisos y lo denunciaran. Eran otros tiempos, se entiende. Pero yo quería conocer cosas de la España del momento, y claro, que si Franco, que si un ministro, que si un pantano, que si una Ley…, pues esas noticias, que hoy están al día,  no se oían en casa, sólo en el NO-DO del cine de Danielito. Así que espoleado por mi curiosidad le pregunto que qué es lo que cuentan esos extranjeros. Y como mi padre nunca me adoctrinó acerca de ideales políticos, y no queriendo comprometerme ni confundirme en idearios, me decía: No sé, se va la onda. ¿Qué es eso de la onda? ¿Adónde se va? Y me explica, como ejemplo didáctico y sencillo,  que las palabras viajan por el aire. Sí, no pongas esa cara, es como cuando tu vas a Almadén, pero por el aire. Es que para ir a Almadén  se tuvo que hacer una carretera  y por ella te lleva José en su taxi, que conoce el camino; no hay pérdida, y te ve la gente, pero en el aire ¿quién ha hecho el camino, quién ve una palabra o una canción? Pues viajan como si alguien las condujera sin ver y sin carretera. Imposible, cómo voy a ir  al Cerro la Jovita, a Los Lentiscares o al Charco de las Zahúrdas con los ojos vendados. Orientándote, ¿no lo hacen las cigüeñas? Pero yo no soy cigüeña ni me puedo orientar si soy ciego. Y otra cosa: cuando se va la onda, ¿adónde va a parar, a otras casas? A la onda la entorpecen fenómenos extraños en su camino: las nubes, los aviones, los pájaros, todo eso, atraviesan su camino y lo cortan. ¡No es tan difícil entenderlo! Pues no me creo nada, pero si se oyen ahí dentro a gentes de fuera de España va a ser  más un misterio o un milagro que todo lo que me estás contando (lo del milagro lo exasperaba, lo sacaba de quicio). Bueno, tómatelo como quieras: son intríngulis de la vida. 
Mi padre cortaba por lo sano, fue así siempre.



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