Hemos superado el
invierno; bien largo, que aún colea. En Alamillo, cuando niño, la vida en el
pueblo se reemprendía y todo se renovaba en primavera. El cielo, de azul puro;
el aire, límpido; y un paisaje de verde lujuria avanzaba en luces desde el
saliente hasta la sierra boscosa. La torre de la iglesia, el tendido de cables
de la Feba, los eucaliptos hoy cercenados, eran terreno agitador, festivo y
zaragatero de gorriones y tordos. Había llegado el tiempo que esperábamos para
los juegos. Las niñas: la comba y el escaranso. Nosotros: el marro y la tala,
el atoco, la taba, el trompo, los
santos, los bolindres y el guá, los puños, vainas y tuturutañas; el aro, los
zancos de latas y el tirachinas asesino.
Todos esos juegos conformaban
nuestro solaz. Eran juegos heredados y nobles, pero nuestra imaginación, en
caso de que buscara aires nuevos, fraguaba inventos de riesgo. Uno de ellos era
hacer un hueco en la tierra, colmarlo de carburo de calcio utilizado para dar
luz, cubrir todo herméticamente con una lata alta de conservas y provocar la
combustión. La presión ejercida hacía saltar la lata por los aires a gran
velocidad y altura. La mente no me sorprende cuando hoy nos ponen imágenes de
Cabo Cañaveral y veo cómo ascienden los cohetes saturninos al espacio.
Don César terminaba la
clase y con el pan y chocolate de la
madre, a las eras florecidas de lirios. Y antes de llegar a Casas Viejas en
busca del balón, en una finca al pie del puente del arroyo, Pepe Bejarano
apretaba las estevas y estimulaba con voz seductora a la yunta, que arrastraba
el arado para sembrar los tardíos. Las alondras, detrás. Los sembrados de
alcaceres y trigo retoñaban, y se despabilaban igualmente el pipirigallo y
otras malas hierbas con las primeras lluvias de abril, ahogadas por los fríos
invernales. En la tenada de Gamas las ovejas balaban y parían los últimos
corderos pascuales. En los ribazos, ayer como hoy, asoman la albiana, el alazor,
la borraja, la zanahoria silvestre, la veza y la amapola. En el monte, el
espino blanco prestaba su color al paisaje.
Cantaba el cuco, venido
de África a anidar en lo ajeno, como primicia o señal inequívoca de la llegada
de la primavera. “Si a primeros de abril no ha cantado el cuco, es que está malo o quiere morir.”
Por los caminos, por
fin transitables, se veían a Eustasio Rivera, Ángel Coriana, Sixto Recio,
Manolo Romano, Vicente Ramírez, y tantos otros, que iban y venían de sus
quehaceres agrícolas a lomos de sus caballerías.
Hoy veo en TV una
batería de información dedicada todos los días a lo mismo: asesinatos, corrupción,
violencia, guerras, crímenes, politiqueo, tertulias de politólogos. En la
prensa, ídem de ídem. Ver la TV2 o la National Geografhic es ver la muerte del
débil a cargo del fuerte, que es seguir viendo agonías y aniquilamiento.
Es cuando cierro la TV
y abro un libro. O pienso. Y me llegan, dulces y reposados, estos y otros
recuerdos que acabo de verter. Entiéndanme, solo es un ejercicio desesperado de
recuperar la inocencia, que es sabio ensayo para espantar agresiones a la delicadeza.
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