Genaro
es un hombre de corazón abierto, espontáneo y poco cultivado. Lleva el pelo
largo, viste cómodo y calza un 44 o más. No tiene prejuicios demasiados. Hizo pinitos en el boxeo, ayer; mañana Dios dirá. Porque el mañana no tiene sentido
para él, el mañana es un pájaro al vuelo que no sabe donde posarse y si lo
sabe, un plomazo escopetero va a dejarlo sin plumas para los restos.
Es
un aventurero, un trotamundos, un inquieto de conciencia rebelde que ordena su
vida a su conveniencia sin falsificar los hechos cuando se le inquiere por
banalidades de la vida canalla. Su moral es picaresca y picantona y sus
creencias no van más allá de lo terrenal, como puede serlo la sierpe o el río o
la piedra.
A
pesar de todo, es un conocido mío,
simpático y rayando en la amistad.
Fue
en un bar de copas. Me contaba al detalle el accidente que tuvo con el coche en
una noche oscura como boca de lobo, bajando la cuesta de Taberneros.
- Las
puertas del cielo se me abrieron, créeme, yo no te miento. Algo así como se ve
la chica asesinada a través de las cortinas del baño en la película de
Psicosis. Las cortinas eran negras como la sotana de don Daniel, y un dar
vueltas a todo como si me quisieran confundir. Así fue, así.
- ¿Las
puertas del cielo? ¿Pero qué me estás diciendo, Genaro, si tú no has pisado la
iglesia en tu vida, si eres más ateo que un gato? Fue la linterna de Félix Rodríguez,
que te auxilió y te trajo en su taxi al pueblo, que venía de una corrida de toros en Ciudad Real.
-
Eso no, eso no; yo entré en el cielo. Y oía música celestial.
-
Anda, vete pallá, ¿qué sabes tú de música celestial? Félix dice que tenías la
radio puesta y se oía a Bambino.
- Contigo
no se puede hablar de cosas serias. El accidente me ha cambiado la vida, que lo
sepas. ¡Si ya no fumo! Y a lo mejor hasta voy a ver al Santo cualquier día.
Nunca se le vio en la Iglesia.
Genaro
“Rastrojo”, en compañía de un amigo tan tunante y granuja como él, se paseaban
por bares y restaurantes de la capital
esgrimiendo una tarjeta falsa de no sé qué cargo que ocupaba en el
Ayuntamiento de Puertollano. Ni tampoco sé con qué medios ilícitos la obtuvo. El caso es que
comían y bebían con cargo al Ayuntamiento, que, como era natural, no pagaba.
Así hasta que descubrieron a la pareja. Y los buscaron. Pero a Genaro no lo
encontraron nunca. Abandonó el pueblo y jamás lo he vuelto a ver. A lo mejor se apuntó a la legión.
Era
díscolo y de aventuras mil. Por eso me gustaba oírlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario