Ignoro si la ciencia supera en valores a los de la simple emoción; quiero decir si antepone las conquistas materiales a los principios éticos. La felicidad no consiste en la capacidad de inventar un fármaco, sino en el placer que se siente al calmar el dolor. El rendimiento de unos jornaleros segando un campo de trigo carece de la fuerza emocionante que tuvo Van Gogh transcribiendo los trigales de Arlés. Siempre he considerado que el precio no hace al perfume más importante que su aroma. A mí me parecen estas cosas naturales.
Nos empeñamos en convertirlo todo en dinero. ¿Despreciamos la belleza de los bueyes porque ya no son útiles para arrastrar el arado? ¿Acaso nos hace más infelices el álgebra que la imaginación? A estas alturas, pretensiones a reclamar pocas o ninguna, pero sí apoyo la contemplación estéril y el valor emocional de lo inútil; esto es, pensar en una forma distinta de hacer y ver que nos devuelva el valor de las cosas sin precio.
He visto a nuestros mayores, intuitivos y sabios, trabajar lo necesario para sentir de inmediato el placer del descanso, que era su meta, después de su penosa tarea. Disfrutar esos momentos de agrado en compañía y buena charla alrededor de una mesa con unos vasos de vino, o sentados en la puerta de la casa y ver pasar una vida sin dinero, sabiendo que la vida de todo hombre está contada en el “parte” del mediodía.
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