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19 noviembre 2017

OTOÑO EN ALAMILLO



Otoño es una estación de transición, el paso de un tiempo a otro. Nos acomoda, nos prepara, nos ayuda  a pasar del insoportable verano al insociable invierno sin transgredir nuestra salud, más mental que física. Así debería ser, pero no; porque al menos por estos pagos las estaciones ya no cumplen sus pactos antañones y se rebelan de tal forma que cambian el paso con una brusquedad insolente. No obstante sus escarceos amorosos con las estaciones circundantes, el otoño se manifiesta siempre.
En mi caso es especialmente bienvenido, lo agradece mi espíritu que asienta mi sosiego y me despierta el ánimo para darme cuenta de las cosas bellas, que estaban y no las apreciaba; para reconocer que a la Naturaleza le sienta bien el cambio de color de los álamos y el presumir del valor y la fortaleza para desnudar a los frutales,  que no son más que un contrapunto para que los tiempos de frío y calor excesivos nos den a conocer que son un descarrío para todo, y en cambio lo otoñal es  la placidez de los corazones díscolos.
Estoy pasando unos días en Alamillo. Y sucede que este otoño, que tanto me complace, me está defraudando. Pido perdón: quien defrauda no es el otoño, es este Alamillo en el otoño de ahora. Porque en Alamillo y en esta estación los días se acortan y las sombras se alargan, como siempre y como en todo el mundo de nuestro hemisferio. Se disfruta del tapizado de lirios en las eras y de la armonía serena de la tarde; del paseo lento y silencioso por el campo oyendo solamente las pisadas sobre la hojarasca; el olor a tierra y la decadente placidez de la estación más hermosa. Todo es normal y bueno gracias a que estas cosas están en manos de la Naturaleza.
Pero lo que yo piso ahora no es mi pueblo, no lo conozco quiero decir, porque lo gobierna y desgobierna el ser humano. Alamillo es un enfermo  grave que respira con dificultad. Y sin nervio camina hacia un fin predecible. A ratos me parece vivir en Macondo. Ni gente, ni campo. Ni siquiera ruidos, que son el palpitar de la vida. No me llegan desde los corrales periféricos las piquetas de los gallos en la madrugada; ni el piar desesperado de los gorriones cacheando el limonero del patio para su dormir; ni el lejano ladrido de un perro; ni el balido largo de las ovejas recién paridas. Nada de eso ha quedado.
El otoño era tiempo de barbechar, de romper y binar los campos, de sembrar. Y se araba y se sembraba. Y la tierra herida olía a mineral y a lluvia con la ayuda del arado; hoy no veo campos roturados, ni sembrados, ni barbechados; ni oigo hablar de matanza, ni al aficionado escopetero presumir de matar la liebre encamada en el aulagar o de abatir la perdiz en el teso Los Hoyos o en el cabezo más insospechado. Nada es ya.
En esta paramera pobre de mi  infancia, donde se asienta Alamillo, el otoño hermoseaba nuestro campo y nuestro pueblo. Pero de un tiempo a esta parte sólo nos trae soledad y tristeza. De mucho tiempo atrás no se registra nacimiento alguno, por lo que quedan cada vez menos y cada vez más viejos en beneficio del camposanto. Y a los que permanecen -excepciones que se salvan-  apenas les quedan otros ánimos que no sean para llevar al cementerio flores por los Santos.
El cielo echa el telón, y no solamente en otoño, a una hora temprana sobre Alamillo, que muere poco a poco, en silencio y sin quejarse. Es malo  morir, pero es peor morir sin visitar al médico.
Es por lo que pregunto qué se puede hacer ¿No hay una puerta a la que aporrear para clamar por salvar la inanición y darle vida a  Alamillo? ¿No quedan iniciativas para poblar esta parcela de páramo? ¿Acaso va a quedar Alamillo, cuando desaparezca, para glosa de poetas o para escarnio de políticos?


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