Otoño es una estación de
transición, el paso de un tiempo a otro. Nos acomoda, nos prepara, nos
ayuda a pasar del insoportable verano al
insociable invierno sin transgredir nuestra salud, más mental que física. Así
debería ser, pero no; porque al menos por estos pagos las estaciones ya no
cumplen sus pactos antañones y se rebelan de tal forma que cambian el paso con
una brusquedad insolente. No obstante sus escarceos amorosos con las estaciones
circundantes, el otoño se manifiesta siempre.
En mi caso es especialmente
bienvenido, lo agradece mi espíritu que asienta mi sosiego y me despierta el
ánimo para darme cuenta de las cosas bellas, que estaban y no las apreciaba; para
reconocer que a la Naturaleza le sienta bien el cambio de color de los álamos y
el presumir del valor y la fortaleza para desnudar a los frutales, que no son más que un contrapunto para que los
tiempos de frío y calor excesivos nos den a conocer que son un descarrío para
todo, y en cambio lo otoñal es la
placidez de los corazones díscolos.
Estoy pasando unos días en
Alamillo. Y sucede que este otoño, que tanto me complace, me está defraudando.
Pido perdón: quien defrauda no es el otoño, es este Alamillo en el otoño de
ahora. Porque en Alamillo y en esta estación los días se acortan y las sombras se
alargan, como siempre y como en todo el mundo de nuestro hemisferio. Se
disfruta del tapizado de lirios en las eras y de la armonía serena de la tarde;
del paseo lento y silencioso por el campo oyendo solamente las pisadas sobre la
hojarasca; el olor a tierra y la decadente placidez de la estación más hermosa.
Todo es normal y bueno gracias a que estas cosas están en manos de la
Naturaleza.
Pero lo que yo piso ahora no es
mi pueblo, no lo conozco quiero decir, porque lo gobierna y desgobierna el ser
humano. Alamillo es un enfermo grave que
respira con dificultad. Y sin nervio camina hacia un fin predecible. A ratos me parece
vivir en Macondo. Ni gente, ni campo. Ni siquiera ruidos, que son el palpitar
de la vida. No me llegan desde los corrales periféricos las piquetas de los
gallos en la madrugada; ni el piar desesperado de los gorriones cacheando el
limonero del patio para su dormir; ni el lejano ladrido de un perro; ni el
balido largo de las ovejas recién paridas. Nada de eso ha quedado.
El otoño era tiempo de barbechar,
de romper y binar los campos, de sembrar. Y se araba y se sembraba. Y la tierra
herida olía a mineral y a lluvia con la ayuda del arado; hoy no veo campos
roturados, ni sembrados, ni barbechados; ni oigo hablar de matanza, ni al
aficionado escopetero presumir de matar la liebre encamada en el aulagar o de
abatir la perdiz en el teso Los Hoyos o en el cabezo más insospechado. Nada es
ya.
En esta paramera pobre de mi infancia, donde se asienta Alamillo, el otoño
hermoseaba nuestro campo y nuestro pueblo. Pero de un tiempo a esta parte sólo
nos trae soledad y tristeza. De mucho tiempo atrás no se registra nacimiento
alguno, por lo que quedan cada vez menos y cada vez más viejos en beneficio del
camposanto. Y a los que permanecen -excepciones que se salvan- apenas les quedan otros ánimos que no sean para
llevar al cementerio flores por los Santos.
El cielo echa el telón, y no
solamente en otoño, a una hora temprana sobre Alamillo, que muere poco a poco, en
silencio y sin quejarse. Es malo morir,
pero es peor morir sin visitar al médico.
Es por lo que pregunto qué se
puede hacer ¿No hay una puerta a la que aporrear para clamar por salvar la inanición
y darle vida a Alamillo? ¿No quedan
iniciativas para poblar esta parcela de páramo? ¿Acaso va a quedar Alamillo,
cuando desaparezca, para glosa de poetas o para escarnio de políticos?

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