Sale del hondo misterio y ve la luz en brotes sarmentosos armados de rejos punzantes. Son familias sin número posible de contar las que pueblan todas las tierras del mundo. Las hojuelas, dentadas o aserradas; las flores, del color que cualquier ser pueda soñar; los pétalos, caricias de niño a pesar de pertenecer a una estirpe bravía. Florece en mayo, que es su mes y el de las flores todas, pero en la montaña y en los valles y en los jardines bien cuidados se ven plenos en el mes de julio. Son silvestres porque se crían en ribazos, laderas, taludes, ribas, caballones…, sin nada que pedir, sin exigir sombra ni agua, ni compañía. Así, sin nada a cambio, nos da lo que más apreciamos, su flor bella; y en su hoja y en su raíz nos ofrece la misma sustancia astringente que hallamos en la raspa y el hollejo de la uva, o en la corteza de la encina, o en la agalla de la nuez. El mismo ácido que sirve para curtir las pieles, ¡qué cosas! Estas propiedades se dieron a conocer en el Renacimiento en que gozó de un aprecio infinito por las facultades curativas que le atribuyeron. Veamos:
El agua de rosas, oftálmica. El escaramujo, rico en vitamina C. Y la más conocida de sus propiedades, la astringencia.
Para documentar este breve y humilde post he tenido que informarme acerca de las propiedades del rosal silvestre, que ya quedan expuestas. Pero hallo otra que por rara e ignota para este lego que suscribe me ha llamado mucho la atención: los escaramujos frescos se emplearon como alimento en la época prehistórica de las viviendas lacustres.
La imagen de arriba pertenece a un rosal silvestre. La dedicación mimosa en riego en poda y en abonado, que es limosna de la que vive, se manifiesta en los apretados racimos florales que nos dedica. A la vista está.
Las plantas oyen, nos entienden y nos hablan con un lenguaje de silencios. No lo pongamos en duda. Si le dedicamos atención nos devuelve lo que tiene: la flor, que así manifiesta su sonrisa.

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