Hubo en un tiempo muy lejano una isla en la que habitaban todos los sentimientos humanos: la Felicidad, la Melancolía, etc. etc.; y también el Amor, por supuesto. Un día se avisó a todos que la isla se iba a hundir. Y todos se marcharon en sus barquitos, excepto el Amor, que quería resistir hasta el último momento. Ya estaba a punto de hundirse totalmente la isla, cuando el Amor decidió pedir ayuda.
Pasó por allá la Riqueza en un lujoso trasatlántico: No. No puedo llevarte en mi barco. Llevo gran cantidad de oro y plata y no hay sitio para ti. Lo siento. Pasó la Vanidad en una preciosa embarcación: No. No puedo llevarte, podrías ensuciarlo. Te veo poco acicalado. Pasó la Tristeza y el Amor le pidió ayuda: No. No puedo llevarte. Bastante tengo con preocuparme de mi triste yo. Lo siento. También pasó la Felicidad, pero estaba tan entusiasmada que no se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
De repente se oyó una voz: ¡Amor, ven! ¡Yo te llevaré! Era un anciano. Tan contento estaba el Amor que se olvidó de preguntar al anciano adónde iban. Cuando llegaron a tierra firme, el anciano se fue por su camino. El Amor reflexionó sobre cuánto le debía.
Por eso preguntó al Conocimiento, que era otro anciano, quién era aquel que le había ayudado y éste le contestó: Fue el Tiempo. El Amor, muy sorprendido, preguntó por qué el Tiempo puso tanto interés en salvarlo. El Conocimiento sonrió y con gran sabiduría respondió: Porque solamente el Tiempo es capaz de entender lo que vale el Amor.
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Una ciencia que no eduque al hombre en la contemplación de la eterna sabiduría, quiero entender que es falsa, que está lejos de la verdad, aunque pueda producir resultados tecnológicos sorprendentes: es una ciencia de fuerza destinada a determinar efectos devastadores para el hombre.
No sé si me he puesto demasiado radical, muy al otro extremo de mi razón, ¿verdad?
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