Va a hacer ya un año de la aplicación de la Ley Antitabaco. Fue posible entonces detectar mutaciones de nuestras costumbres e incluso de nuestro paisaje urbano. En aquel momento veíamos a los fumadores salir a la calle del recinto donde estuvieran y prender el cigarro, haciendo un alto, con la misma pasión y obsesión con que se toma la cintura de la chica engatusada. El paseante fumaba en su ida y venida por el mapa de la ciudad, y puedo asegurar que yo, andarín insistente y de pulmones limpios, he tragado más humo que antes de la Ley. En las avenidas populosas había que esquivar a los transeúntes con cigarro en mano no fuera que la punta agujereara mi prenda de vestir. A veces se me antojó, recordando las películas de extraterrestres, que la gente se comunicaba entre sí con un código secreto sobre algo muy secreto. Por consiguiente, a los bares daba gusto entrar a tomar café, pero la calle, por contra, era un asco, repugnantes de colillas.
Para satisfacer y retener a su clientela, los bares que no tenían limitaciones de espacio, comenzaron a sacar a la acera una humilde mesa y un cenicero. Los que no, empezaron a sentir aún más la crisis. Los establecimientos más pudientes, rizando el rizo, construyeron terrazas metálicas cerradas que más parecían una ampliación de negocio que otra cosa. Hoy son un insólito ornamento invernal. A raíz de aquí al fumador se le hizo un vacio de tal manera, que aunque un servidor no haya asistido a delaciones o expulsiones de emplumados con brea a lomos de una mula, coincide en que es cierto que al portador de un cigarro le envuelve una aureola criminal de la que antes carecía.
La alteración costumbrista más significativa ha sido la infantilización de los bares, pues finalizada la disuasión del humo, los papás entran con el carrito del niño, todavía de leche, en garitos en los que antes no interfería la inocencia.
El bar -establecimiento en el que más ha perjudicado económicamente a sus propietarios la citada ley-, dicho sea de paso, cumple una función terapéutica que lo convierte en una evasión, en un descanso, en una espera o en un aplazamiento. Uno pisa el bar para olvidarse del cochecito del nene, de la mirada aviesa de la mujer que le ha demandado lo que olvidó, del mal trago que le hizo pasar el jefe esta mañana o de las ásperas rutinas del cabestro proveedor. Ahí en el bar uno vuelve a sentirse un hombre útil que piensa, que afloja los nervios, que en trago corto de su copa no le preocupa otra cosa que conocer al menos tres fórmulas distintas para mezclar el bourbon; que se libera de las convenciones, si el grupo acompaña, utilizando con sus amigos vocablos que si dicho en la España "discutida y discutible", te pueden apedrear; que se reclama el bar para olvidarse de que la vida te ha ajustado el temple más que al torero la taleguilla. Y puede que se acuerde de pronto de su casa de su mujer y de su niño, se mire el reloj para ver si puede llegar antes de que se duerma, se viste el abrigo y se despide de los amigos. Domesticación, eso es lo que es. Achique de espacios para un hombre que no sabe cómo serlo y dónde serlo.
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