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24 octubre 2026

A CHAVELA VARGAS - TÓMATE ESTA BOTELLA CONMIGO

 


 Aquí me tienes, Jorge, acordándome de ti, retacada de maldad en esta esquina sombría de la taberna que tu conoces. Y aunque es un jacalón, me encuentro a mis anchas. Me duelen los pies de tanto andar por las callejas de siempre, mirando de reojo los tugurios que tú frecuentabas. Ahora mi pecho es un enjambre de avispas azuzándome y mi cabeza una torrentera de lodo y piedras. Todo porque anoche te necesitaba más que nunca, tentaleé medio dormida las sábanas y no estabas. ¡Como no estás desde hace mucho tiempo!

         Yo sé que no tengo remedio, que siempre caigo en los mismos errores; que los brindis con otros no tienen alma, y termino siempre llorando por el mismo dolor, con el que tú, pájaro huido, me dejaste sin ruido ni despedida.

         Si te viera entrar... ¡te mataría, Jorge cobarde!, y te echaría a los zopilotes sin miramientos. El abandono en el que me has dejado te lo cobraría caro. Téngalo en cuenta, mi hombre. Una mujer despechada tiene el corazón abierto y la cabeza nublada. Te di mi cuerpo cuando más valía, y tú, ¿Qué cosa a cambio? ¿Qué tengo que agradecerte? ¿Te crees que Dios me hizo tu pilmama? Nomás me has traído soledad. Has sido el viento pardo que sopla sobre Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. A mí me tocó la mala suerte de tu llegada y perdí.

Pero no te ufanes, no estoy sola. Tengo conmigo al más querido y fiel de los amantes. Vive conmigo, vive en mi casa, vive en la taberna. Vive y me da vida, lo que tú no fuiste capaz de darme. Ahora, mi amor es el tequila. Se me prende a los labios y me deja más placer que tus besos. Me duerme el alma, me acaricia y me consuela la bravura que mana de mis adentros.

Ya veo las cosas de otra manera después de esta copa, que es la quinta. ¿Ves, Negrete?, el tequila me transforma, me suaviza esta fiereza de toro bravo que se me impone cuando me sale el día tonto. Ahora que se me han aflojado las carnes y empiezo a sentir el palabrerío de la cantina y el murmullo del cristal, ahora que está sereno mi templo y que hablo pensando en las palabras, ahora que te veo entrar, te llamo: siéntate aquí, tómate esta botella conmigo, y dime a qué sabe tu olvido.

No me contestarás, es tu costumbre. Pero esta noche no voy a rogarte, ¿para qué?, si siempre caigo en los mismos errores. Y volveré a quedarme sola, brindando con extraños y llorando por los mismos dolores.

Anda, tómate esta botella conmigo y, como tantas veces, en el último trago me besas sin miradas, sin testigos, para que no te avergüences de mí. Eso ya es viejo.

Pero si algún día tropezamos, solamente nos daremos la mano y después… ¡que murmure la gente!

Tómate esta botella conmigo, y en el último trago nos vamos.

Adiós, mi vida.

 

 

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