El verano está aquí, y
con él las ganas indómitas por salir de casa y viajar; perderse en el rincón
más alejado y menos conocido del mundo, solo
hallado en el mapa cuando se piensa llegar a él. No importa si es inhóspito, lo
que importa es volver al trabajo con la piel atezada para que todo el mundo
sepa que se viene de un sitio exótico
donde se bebe manhattan, bloody mary o caipiriña, y se pisa arena.
A veces pienso que se
viaja por catálogo, y de regreso en casa lo que se recuerda del viaje es aún menos
de lo que dice el catálogo, pues la mayor parte del tiempo le ha sido dedicado
al sol atroz y a los protectores de 50.
A muy poca gente se le
oye hablar de Oslo o Praga, por poner un ejemplo, que son sitios de poco sol y sin bikinis que lucir, y
en los que en la sobremesa viene una nube a enfriarte el café. Los destinos
culturales tienen poco gancho: es que la cultura pocas veces va unida a la
arena y a las tumbonas.
Respeto todas las
decisiones que se tomen, porque yo he cedido muchas veces a este desmayo
playero y no me arrepiento. Soy un lisiado del mar, y observarlo me deja más
sedado que un pinchazo hospitalario. Tal vez sea esto lo que me atrae de mis salidas.
Actualmente, con la que nos está cayendo con la pandemia y lo adoctrinado que
tengo mi cuerpo, más me tienta sentarme en una terraza de un pueblo
seleccionado y mirar cómo se biselan sus murallas o su campanario cuando el sol
declina; y además cuando su localización geográfica te asegura un verano de
entretiempo. Porque antes que el sol meteorológico
más me seduce hoy el sol impresionista de Gaughin.


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