Estamos en Navidad.
Entre la gente que canta y bebe nos hallamos mi amigo y yo participando de la algarabía tabernaria de la zona. Son días de vino y rosas y hay excesivo ruido a mi parecer. Voces y cantes a todas horas. No obstante y a pesar de los bolsillos rotos, pintan en estas fiestas navideñas algo de alegría en los rostros de la gente. Va caminando por aquí un grupito humano joven, de los que se beben la noche sin parpadear, y de una vocinglería que a la alboreá, aturde. Nos rozan, nos adelantan, bromean. Le digo a mi amigo que entremos en La Facultad, que es hora de tomar algo y poder hablar en silencio. Estamos en la zona caliente, en la zona de la marcha, que se dice ahora.
Entre la gente que canta y bebe nos hallamos mi amigo y yo participando de la algarabía tabernaria de la zona. Son días de vino y rosas y hay excesivo ruido a mi parecer. Voces y cantes a todas horas. No obstante y a pesar de los bolsillos rotos, pintan en estas fiestas navideñas algo de alegría en los rostros de la gente. Va caminando por aquí un grupito humano joven, de los que se beben la noche sin parpadear, y de una vocinglería que a la alboreá, aturde. Nos rozan, nos adelantan, bromean. Le digo a mi amigo que entremos en La Facultad, que es hora de tomar algo y poder hablar en silencio. Estamos en la zona caliente, en la zona de la marcha, que se dice ahora.
Nos habían adelantado unas jovencitas,
de esas que salen ahora en vaqueros rotos, agrietadas las perneras y con
demasiado lastre descansando en los zapatos. Las chicas van, a pesar del frío
inclemente, en poca ropa; y calzado de tacón alto, que es hora de estrenar
picardías y gatadas. Y el teléfono móvil, ése que no falte, provisto de cámara con el que se hacen fotos a
rabiar e inundan de mensajes con dedos ágiles al compañero que tienen al lado.
Y cuán gritan esos malditos –como se dice en el Tenorio- en las puertas de las discotecas, que parece que algo muy
grave ha ocurrido. Y no, solamente es el fragor ritual de la cuadrilla todos
los viernes, más las fiestas de guardar.
- Que le pongan un crespón a
la Mezquita – como dijo Juanita Reina- , me dice señalando a un grupo de
jóvenes que en buena armonía intercambian risas y bromas.
- España va mal, me dice ya en la calle, preocupado mientras atravesamos una selva humana que parece el prólogo de un
botellón.
- ¿Qué quieres que te diga?,
entre estos muchachos que enseñan los calzoncillos en su andadura desorientada
o entre las chicas de calzas altas en las que se sostienen milagrosamente, ahí va
a estar mañana el que nos haga un trasplante de hígado en el quirófano, el que
invente la píldora antiarrugas, el que nos asegure las pensiones –si salimos de
esta crisis-, el que pilote el avión que nos transporte a otros continentes o a
la luna, el que invente la fórmula de erradicar el hambre y las enfermedades, o
el que maneje con tino los mandos del sistema financiero. Reconoce que casi
todos los de nuestra generación fuimos jóvenes de dudosa reputación estética, y
que el mundo avanza cuando rompe las amarras del pasado. No deberíamos ponerle
ningún pero a la juventud, porque al fin y al cabo ser joven no es, en sí
mismo, ni un remedio ni una enfermedad.
- No lo digo sólo por eso,
sino porque esta juventocracia, engalgada en los manipulados valores
comerciales, nos debilita, y que un país que jubila a los médicos o a los
catedráticos a los 60 años, y permite mantener a los albañiles en los andamios
hasta que no aguanten más sus huesos, no me digas que esa política es de una
patria amable, sino de ser poco reflexiva y ser más de las modas que de las
ideas.
- Hay que darle paso a los
que vienen, y creer en el futuro, que nada hay escrito y todo queda por
escribir, y que estas cosas que estamos viendo son sólo renglones torcidos de
una escritura bien hecha. Pensemos en mañana, que es mejor acoger y alentar lo
que está por venir.



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