A mi amiga Maga Terrenal y a su tierra,
a las que tanto quiero.
¡Aquí me
tienes, Armendáriz! Acordándome de ti, retacada de maldad, en esta esquina
sombría de la vieja taberna que conocemos. Y aunque ahora mismo me parece un
jacalón, me encuentro a mis anchas. Me duelen los pies de tanto andar por las callejas
de siempre mirando de reojo los tugurios que tú frecuentabas. Ahora mismo mi
pecho es un enjambre de avispas azuzándome y mi cabeza una torrentera de lodo y
piedras. Todo porque anoche, medio dormida, tantaleé las sábanas, te necesitaba
más que nunca, y no estabas. ¡Como no estás desde hace mucho tiempo! Y lo sé. Y
también sé que yo no tengo remedio, que caigo siempre en los mismos errores;
que los brindis con otros no tienen alma y termino siempre llorando por el
mismo dolor, con el que tú me dejaste, Armendáriz, pájaro huido, sin ruido ni despedida.
Si te viera
entrar... ¡te mataría, Armendáriz cobarde!, y te echaría a los zopilotes sin
miramientos. El abandono en el que me has dejado te lo cobraría caro. Téngalo
en cuenta mi hombre. Una mujer despechada tiene el corazón abierto y la cabeza
nublada. Te di mi cuerpo cuando más valía, y tú, ¿qué cosa a cambio? ¿Qué tengo
que agradecerte? ¿Te crees que Dios me ajuarió, que fue mi pilmama? Nomás me
has traído soledad. Has sido el viento pardo que sopla sobre Luvina
prendiéndose de las cosas como si las mordiera. A mí me tocó la mala suerte de
tu llegada y perdí.
Pero no te
ufanes, no estoy sola. Tengo conmigo al más querido y fiel de los amantes. Vive
conmigo, vive en mi casa, vive en la taberna. Vive y me da vida, lo que tú no fuiste
capaz de darme. Ahora mi amor es el tequila. Se me prende a los labios y me
deja más placer que tus besos. Me duerme el alma, me acaricia y me consuela la
bravura que mana de mis adentros. Ya veo las cosas de otra manera después de
esta última copa, que es la quinta. ¿Ves, Armendáriz? , el tequila me
transforma, me suaviza esta fiereza de toro bravo que se me impone cuando me
sale el día tonto. Ahora que se me han aflojado las carnes y empiezo a sentir
el palabrerío de la cantina y el murmullo del cristal, ahora que está sereno mi
templo y que hablo pensando en las palabras, ahora, si te viera entrar te
diría: siéntate aquí, Armendáriz, tómate esta botella conmigo, háblame de tu
olvido y a qué sabe tu engaño. No me contestarás, es tu costumbre. Pero en el
último trago me robarás un beso, a hurtadillas, sin miradas, sin testigos, como
avergonzándote de mí. Así te comportas en público, eso ya es viejo. Y yo me
dejaré hacer porque nunca aprenderé, siempre tropiezo en la misma piedra y
siempre lloro por el mismo dolor. Pero no te preocupes, Armendáriz, yo nunca te
incomodaré si algún día nos encontramos en la calle; no debes avergonzarte de
mí, no me hables de frente si en algo te perjudico, nos damos la mano aunque la
gente murmure y hasta nunca. Tú al olvido y yo a brindar con extraños. Y a
llorar por los mismo dolores.
Adiós, mi vida.

Madre mía! Ese amor visceral si me toca. La carta la hizo esa mujer echándose un tequila al canto para inspirarse, con el gaznate caliente y el corazón latiendo. Gracias, Marete, que la he saboreado palabra a palabra y sabe que los Mexicanos sabemos amar y lo expresamos pasionalmente. Te quiero mucho, Alamillero.
ResponderEliminarMi querida Maga, hace tiempo y en noche de madrugada, que es cuando el silencio tiene voz y al gallo le faltan horas para su cante, oía a la Dama, a esa señora vuestra llamada Lola Beltrán, en la ranchera de "El último trago". Y me emocioné, tan poco como soy dado a conmociones o enternecimientos. Y se me ocurrió, también de corrido, lo que has leído. Es una letra fuerte, cruda, propia del carácter bizarro mexicano, casi igual que el nuestro. Sufre la mujer por su hombre, pero al final perdona o le muestra indiferencia, peor aún. J.A. Jiménez es un gran letrista. Yo sé que no he cumplido, pero algunos vocablos los conozco por mis lecturas de autores vuestros, especialmente releído Juan Rulfo. Y de Arreola, Gutiérrez Nájera, Enrique González Martínez ("Mi amigo el silencio"). No se me olvida Amado Nervo. Mala suerte tenemos, la distancia nos separa. T.Q.M.
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